De Durban a Ginebra con escala en Burgos

En las calles de Durban (Sudáfrica), entre agosto y septiembre de 2001 aún humeaban rescoldos del gran incendio que arrasó la conciencia universal llamado apartheid. Y aunque ya Kofi Annan llevaba las riendas de la ONU y Nelson Mandela acababa de abandonar las del país africano, Naciones Unidas decidió convocar la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia. Era el tercer encuentro de estas características, pero, a diferencia de los anteriores, el mundo ya entendía que el racismo y la exclusión es el germen podrido de los fundamentalismos y de sus consecuencias. De ahí la importancia de Durban 2001. Pero de ahí también que la puesta en práctica de su Plan de Acción se haya convertido en tarea tan utópica como imperiosa.

“Al igual que en Durban entramos negros y salimos afrodescendientes, antes de Burgos éramos una sociedad civil dispersa y con banderas propias, y después de Burgos somos una sociedad civil unificada en un sueño: cumplir la proclama de que todos somos libres e iguales”
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Para evitar la marea del olvido, ya transcurridos ocho años, se avecina la Conferencia de Examen de Durban, que tendrá lugar en abril de 2009 en Ginebra (Suiza). Los países que firmaron en Suráfrica los compromisos de lucha contra el racismo deberán ahora rendir cuentas tanto de sus acciones como de sus omisiones, a pesar de no estar obligados por legislación o tribunal vinculantes.
En España, la iniciativa para presentar una plataforma nacional y unificada en Ginebra ha partido de la sociedad civil. Concretamente, de la Federación de Afrodescendientes de Iberoamérica en España (Fedafro), que la semana pasada convocó en Burgos un Simposio de Evaluación de los acuerdos de 2001. Al evento acudieron más de 120 participantes, representantes de unos 250 colectivos de discriminados: mujeres, discapacitados, homosexuales, inmigrantes, grupos étnicos… Reunidos durante tres días en la ciudad española donde, en el siglo XVI, Francisco de Vitoria reconoció que los indígenas eran seres humanos, los asistentes dieron a luz un documento que titularon Declaración de Burgos.
Con él bajo el brazo, España y sus delegados viajarán a Ginebra “como actores, en verdadera representación de la sociedad civil, ya no como Fedafro sino como representantes de esta nueva plataforma de acción. Porque si la sociedad civil no se legitimaba con una plataforma operativa, iba a quedar vacía su silla en Ginebra y sólo los planteamientos de los gobiernos estarían representados allí”, explica a EL PAÍS Jenny de la Torre, presidenta de Fedafro y también del simposio de Burgos. Lo acordado la semana pasada ya cuenta con el respaldo de Ginebra, que admite formalmente la representación. “Y además trasladamos la información a todos los ministerios [españoles], porque el Estado tiene que emitir un informe sobre lo que se ha hecho”, añade.

Al estilo Obama

En la lucha contra la intolerancia todo cuenta, incluso (a veces, sobre todo) los símbolos. Por ejemplo, la elección de la ciudad en la que se ha elaborado la declaración. Lo cuenta Guillermo Ponce, vicepresidente de Fedafro: “Decidimos hacer un proyecto estilo Obama: tocar muchas puertas y esperar que alguna se abriera. Pero tuvimos suerte, porque la primera fue la del alcalde de Burgos, Juan Carlos Aparicio, precisamente el ministro [de Trabajo y Asuntos Sociales] que firmó Durban por España en 2001. Cuando supo de nuestro proyecto, dijo: ‘Aquí se hace, no vayan a buscar a nadie más”.

El encuentro ha reunido a personalidades del mundo, pero pocas españolas, según la queja de Fedafro: “Queremos acompañar a los gobiernos para que cumplan Durban, pero los gobiernos nos lo tienen que poner más fácil”, regaña Ponce, que recuerda que a Burgos viajó un ministro, el brasileño para la Promoción de la Igualdad Racial, Edson Santos, pero ninguno español.

En 7 manifiestos, 16 demandas y apenas 3 folios, quienes rubrican la Declaración de Burgos destacan los avances españoles en el combate a la intolerancia, pero exigen más. Siempre se puede hacer más. Siempre se debe hacer más, aseguran. Y piden, entre otros capítulos, lo siguiente:

» Protocolo ante la UE. La combinación de estrategias en la Unión Europea, según reza la declaración, permitirá “luchar contra el racismo y todas las formas de discriminación e intolerancia respetando las peculiaridades propias del Estado español”. Porque “una cosa es que los países europeos se autoevalúen y acudan a Ginebra con una sola voz, y otra que no tengan el contrapeso de la sociedad civil”, explica el vicepresidente de Fedrafro. Esta carencia, en el caso español, hubiera sido especialmente sangrante, porque España “es un país referente en las relaciones con América Latina y el Magreb, y además cuenta con casi un 10% de población inmigrante”, matiza la presidenta.

» Legislación y políticas antidiscriminatorias. Lo que implica, obviamente, “presupuestos adecuados”. “A la sociedad civil le cuesta mucho hacerse oír porque las ayudas son muy limitadas…”, dice Ponce, y esgrime como prueba el hecho de que el evento de Burgos haya contado con más ayudas de la empresa privada que de la Administración.

» Observancia de la proclama contra la esclavitud. Dos asuntos fueron polémicos en Durban: el conflicto entre Israel y Palestina (“se sentó a Israel en el banquillo de los acusados, lo que provocó la retirada de Israel y de EE UU”, recuerda Jenny de la Torre) y las reparaciones por la esclavitud africana. Los países “temieron que se convirtieran en reparaciones económicas, no sólo morales”. Pero no, se apresura Ponce, “no, no. Nos negamos a ser agresivos y utilizar la historia para fomentar un sentimiento de culpabilidad. Creemos en las reparaciones, pero no como reclamación de dinero, sino como acciones concretas para la ayuda y cooperación al desarrollo a comunidades negras”.

» Políticas a favor de africanos y afrodescendientes. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la población afrodescendiente en la región llega al 30% (“somos más del 50%, en realidad”, corrige Ponce). En total, unos 150 millones de afrodescendientes, que, según explica Jenny de la Torre, “son quienes tienen un familiar negro en las últimas generaciones de su árbol genealógico. En realidad, todos los afrodescendientes son mulatos. Y en España cada vez hay más. Por eso, hemos formado comunidades negras y nuestra federación incluye el prefijo ‘ibero”. ¿Por qué la especificidad del afrodescendiente? “Porque es quien posiblemente padece la peor situación en América Latina”, responde Guillermo Ponce. “Peor incluso que los indígenas, que sí tienen políticas propias”.

Y después están las ilusiones. “Ha habido un antes y un después de Burgos”, se entusiasma De la Torre. “Al igual que en Durban entramos negros y salimos afrodescendientes, antes de Burgos éramos una sociedad civil dispersa y con banderas propias, y después de Burgos somos una sociedad civil unificada en un sueño: cumplir la proclama de que todos somos libres e iguales”.

Por supuesto, con hueco para el escepticismo y el sempiterno interrogante: ¿servirá de algo? La respuesta de los dirigentes de Fedafro es sensata: “Lo que no sirve es no hacer nada. Esperamos que, después de Ginebra, lo decidido en Burgos permita al Gobierno español lograr un Estado verdaderamente incluyente”.

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