La conquista de la Malinche, de Luis Barjau

por Mariano Flores Castro

Que La conquista de la Malinche es un libro de historia, nadie lo dude. Pero el enunciado es corto de alcance porque esta obra ofrece mucho más a sus lectores, tanto legos como letrados. Y es que el texto de Barjau trasciende la idea básica según la cual la materia de la historia es el conocimiento del pasado como un episodio más o menos extenso de la inevitable metáfora que todos nos formamos respecto al tiempo, un flujo constante, una corriente ininterrumpida de instantes, sucesos, invenciones, descubrimientos, engendros. Un trabajo como La conquista de la Malinche se inscribe en la tradición histórico-literaria que va desde escritores como Jenofonte, Ennio, Virgilio, Bernal Díaz del Castillo,  el autor anónimo de Tlatelolco hasta Pierre Chaunu y Steven Runciman, autor de La caída de Constantinopla (1453), que versa sobre la conquista de Bizancio a manos de los turcos otomanos. En estos autores –y muchos otros que no es posible mencionar en este breve espacio– admiramos no sólo la pasión de contar interesantes hechos ocurridos en el pasado sino la misteriosa presencia de significados que poco o nada tienen que ver con el inevitable desgaste producido por el transcurso del tiempo. ¿De dónde proviene esa inmanencia? ¿Hacia dónde se dirige? El libro de Barjau no especula sobre ello, pero sí crea ecos en los tímpanos del lector donde se demuestra que la Malinche vive y forma parte de lo que Carl Jung llamaba “arquetipos” de un mito del origen ya para siempre imborrable en el imaginario colectivo de los mexicanos. Sólo que este libro no merca con las baratijas de una historia oficial hecha para consolidar la escurridiza identidad nacional, cuando la unidad de la patria era precaria, casi inviable y tortuosamente reclamada por conservadores y liberales, incluida, por supuesto, la ideología (mentalidad) de un catolicismo atento a su papel rector y providencialista. Pero, volviendo a la discusión que suscita el libro de Luis Barjau, habría que aderezarla con la siguiente reflexión de R.G. Collinwood:

“Sólo el presente es real: el pasado y el futuro son ideales y nada más que ideales. Es necesario insistir en ello, por causa de nuestra costumbre de ‘espacializar’ el tiempo, o figurárnoslo en términos de espacio, lo que nos lleva a imaginar que el pasado y el futuro existen de una manera análoga…”

Pero la parcela de verdad que nos regala el oxfordiano filósofo de la historia resulta ser el polo opuesto de lo que Barjau demuestra a lo largo de más de 300 páginas vigorosas y colmadas de orientaciones interesantes sobre la pregunta ¿quiénes somos como nación? Se trata de una revisión minuciosa de lo que se sabe, lo que se asume y lo que se ignora en torno al inquietante personaje que fue y sigue siendo la Malinche, con su espacialidad ubicua en la mente de los mexicanos.
Apunta Barjau:

“La retorcida imagen de La Malinche fue la cuña del mismo árbol usada para que apretara una versión desmedida, subliminal, de una historia equivocada pero que hemos tenido que asumir a lo largo de los siglos. Con ella se articuló la sorda convicción de la traición como elemento primordial narrativo de nuestro pasado.” (p.15)

El DRAE propone, entre otras, las siguientes definiciones para la palabra traición:
( Del latín traditio-onis ) .
1.  f.   Falta que  se comete aquebrantando la fidelidad  o lealtad que se debe guardar o tener.
2. f. Der.  Delito  cometido por civil o militar que atenta contra la seguridad de la  patria.

¿Cuál habría sido la traición de la Malinche? La respuesta puede ser tan simple o tan compleja como se quiera. En la primera acepción propuesta por el Diccionario se habla de una “falta” originada por alguien que ha violentado la fidelidad (o lealtad) que se debe guardar o tener. ¿A qué?, no se especifica, porque si así fuese, el filólogo en turno se enredaría hasta el infinito en una madeja de significados derivados de creencias, ideologías, supersticiones, religiones, congregaciones, costumbres sociales, organizaciones políticas, etc., imposibles de ser contenidas en una sola y llana definición como esa. No obstante, todos entendemos el significado del silencio o abstención estratégica que se produce después de las palabras “que se debe guardar o tener…”
Unos cuantos ejemplos bastarían: a los ancianos, a los padres, a los jefes, a las damas, a los niños, al “prójimo”. Según algunos, la civilización entera depende del respeto que se tenga a ciertos preceptos, mandatos y conjuntos de normas de convivencia que deben acatarse sin discusión. Pero ¿qué pasa cuando dos culturas confrontan sus sistemas axiológicos, sus modos y vías de vivir y de pensar, de comer, de celebrar, de enterrar o cremar a sus muertos (de comérselos a veces), entre otras numerosas diferencias? Y si a ello añadimos las características culturales de las distintas regiones que componen a esas dos culturas o civilizaciones (por ejemplo en España: Cataluña, el País Vasco, Sevilla; o en el México antiguo: Teotihuacán, Chichén Itzá, las culturas del Golfo, Paquimé), entonces la cuestión se complica aún más. Ha sido tan desmedida y vanidosa la creencia de que Occidente es el rector de los más avanzados sistemas éticos y morales, estéticos y jurídicos, que hoy en día resulta difícil argumentar en contra de tal dislate, y ése es precisamente uno de los orígenes menos estudiados de casos como el de la Malinche, “la muy traidora indígena” que habría dado la espalda a la patria mexicana.
Sin embargo, la patria mexicana no existía cuando ella optó por aliarse a los atacantes de sus enemigos acérrimos, que eran los mexicas (mejor: la Triple Alianza). No había consolidación nacional ni sistema de valores unificado; no había pacto ni proyecto cultural común a todas las comunidades que ocupaban Mesoamérica. En menos palabras: no había México, y Barjau se encarga de limpiar de abrojos el territorio de la fantasía sesgada según la cual la Malinche habría sido la madre de todas las traiciones de este país desdichado desde entonces, servil desde entonces, obsecuente y torpe en la lucha por sobrevivir entre águilas y serpientes. Pero claro, el error sobre la supuesta vileza originaria de los mexicanos fue cultivada por los conservadores que trajeron a Maximiliano a gobernar un puñado de pueblos ingobernables como no fuera por sí mismos y a veces ni por ellos. Sería interesante revisar el nacimiento y desarrollo de las facciones políticas actuales —incluidos, desde luego, los masones— para verificar filias y  fobias respecto de las extranjerías que habrían afectado nuestro devenir.
El libro de Barjau abre ventanas para ventilar la historia de las guerras de conquista española en América y para que por ahí salgan los miasmas de Buffon, las telarañas de López de Gómara, del despistado Oviedo, los polvos acumulados durante siglos por Hegel, los esqueletos guardados en el clóset por necios como Cornelio de Paw, los ratones atorados en las cañerías de Europa, las lloronas locas y los lagartijos engominados que la Señorita Academia consiente a falta de mejores candidatos a la repetición y al tedio de cuño eurocentrista y/o pro yanki. Por ello, considero que con este libro Barjau logra dialogar con autores como Antonello Gerbi (La disputa del Nuovo Mondo. Storia di una polemica, 1750-1900), con Edmundo O’Gorman (La invención de América) y Enrique Florescano (Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica) , con Luis Villoro y Roberto Moreno de los Arcos, para mí los más brillantes historiadores que hemos leído sobre lo mexicano en el siglo XX y lo que va del XXI, sin olvidar a pensadores universales que tocaron temas afines o complementarios, como los hermanos González Casanova (Henrique y Pablo), Octavio Paz, Fernando Benítez y Javier Garciadiego.
Pero la ventaja que aparta a Barjau de los otros astros de la historiografía mexicana (por cierto, León-Portilla también se cocina aparte) es la fluidez con que nuestro autor maneja la vertiente metafísica del tema, “la fatalidad telúrica” según la cual los grandes verdugos del mundo prehispánico local acabarían siendo victimados. ¿Por quién? Lo sabemos de sobra. ¿Quetzalcóatl transfigurado en un ultramarino abarrotero o con armadura medioeval de soldado? Asombra la fiereza ineficaz con que los de acá defienden el potente reino tenochca, súbitamente debilitado por algo intangible y esotérico. Es como si los antiguos egipcios se dejaran vencer por los ejércitos de los césares romanos por el solo augurio de un ciego que se proclamase clarividente. Magia, religión y destino son elementos soterrados en lo profundo de la historia humana.
En su célebre Imagen azteca en el pensamiento occidental Benjamin Keen se adentró en la leyenda negra de los mexicas, creando un gran fichero comentado sobre los peores denuestos a la fundacional cultura de nuestros tatarabuelos. Pero dedica escasas líneas, a veces un tanto rameras, a la Malinche. Barjau, en cambio, lleva la discusión a un nivel en que todos podemos participar: la compañera de cama de Hernán y madre de Martín Cortés funda el feminismo (avant la lètre) en México, se convierte en la comandanta de los ejércitos que apoyan a Cortés y, con la invaluable ayuda de Gerónimo de Aguilar, unifica lingüísticamente el revoltijo multicultural que era el territorio después llamado Nueva España y finalmente México.

“Porque en la realidad del siglo XVI Malintzin no traicionaba a nadie puesto que en Mesoamérica no existían ni país ni noción de él ni conciencia racial ni noción de ésta, que no puede surgir sino de la confrontación de razas a lo largo del tiempo y de los conflictos entre pueblos rivales y distintos entre sí” [p.248]—escribe Barjau. Es a ella, a Malintzin, a quien debemos no sólo las primeras fases del mestizaje —como bien señaló antes Juan Miralles— sino también el primer alzamiento contra el absolutismo azteca, contra su cruel soberbia, su siniestra y juguetona mortandad florida, su hubris orgullosa. Y, last but not least, la Malinche encarna una respuesta fáctica a la leyenda negra según la cual los indígenas de este lado del océano serían débiles, holgazanes, impotentes, sodomitas, sexualmente infradotados, estúpidos y pequeños en comparación con los genomas europeos. En muchos episodios de la confrontación bélica es ella la que lleva la voz cantante, la que da las órdenes de ataque o retirada de los aliados, la que anima a sus huestes y cura a los heridos; en su valentía hay ecos de Alejandro Magno en India, del cartaginés Aníbal y sus elefantes en los Alpes, de Julio César en las Galias… Barjau da prueba de ello cuando constata que “Marina había aprendido el lenguaje militar, sobre todo las órdenes con redobles de tambor y las instrucciones del corneta para transmitirlas a los escuadrones de cempoaltecas” (p.83).

Si el historiador busca la verdad sobre todas las cosas, Barjau abraza esa divisa en honor a la etnohistoria, pero no sólo porque esquive los acomodos fantasiosos de la versión generalmente aceptada, sino por su aguda re-visión de las fuentes históricas, desde la Real ejecutoria de S. M. sobre tierras y reservas de pechos y paga, pertenecientes a los caciques de Axapusco, de la jurisdicción de Otumba, de 1526, hasta La novela del México colonial, preparada por Antonio Castro Leal (1977), y Moros y Cristianos (2003) de Marlene Albert-Llorca y José Antonio González Alcantud, pasando por los ya clásicos y fatigados volúmenes que incluyen al menos cinco obras anteriores del propio Barjau, para no abrumar al lector mencionando todos los códices, diccionarios, cartas y cientos de documentos alusivos al tema. Agréguese a todo ello el despliegue de un estilo terso y riguroso, y el resultado es un extraordinario libro que hace el recuento de antecedentes fundamentales de nuestro mestizaje y nacionalidad; no olvidemos que doña Marina es la primera persona indígena que aprende la lengua castellana, es decir, el vehículo en que se trasladan las estructuras mentales, los paradigmas, las reglas de una cultura a otra, todo un tema que daría para dos o tres volúmenes adicionales al reseñado hasta aquí.

Por último, creo que la editorial Planeta (MR ediciones) se merece un reconocimiento por haber apostado, junto con el CONACULTA y el INAH, por una obra que despierta a sus lectores hacia una realidad menos retórica, pero sin duda más rica en cuanto a la sustancia misma de la emoción que contiene y reparte a manos llenas.

México, D.F., enero de 2010.

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4 comentarios

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4 Respuestas a “La conquista de la Malinche, de Luis Barjau

  1. R.Javier

    Siempre me ha intrigado la falta de identidad nacional, que hasta la fecha padecemos, al urgar en la Historia, de la formacion de Mexico, (version no oficilista – encontre articulos que conducen a modificar nuestra imagen de la
    Malintzin, -mal llamada Malinche, en sentido peyorativo – ella es la esencia del meztisismo. Voy a adquirir el documento escrito por Luis Barjau, para solidificar mi concepto. Un placer encontrar estos documentos

  2. PATRICIA MONTAÑEZ GARCIA

    HOLA SOY SEGUIDORA DE LA CONQUISTA DE MEXICO Y SOBRE TODO DE LA VIDA DE HERNAN CORTES Y DE LA MALINCHE O MALINTZIN, AHI ES DONDE SE ENCUENTRAN LAS RESPUESTAS DE PORQUE SOMOS LOS MEXICANOS ASI HOY, QUISIERA SABER DONDE PUEDE ENCONTRAR EL LIBRO DEL ESCRITOR LUIS BARJAU DE EDITORIAL PLANETA GRACIAS POR SU RESPUESTA.

  3. marlys flores

    donde podre comprar esta novela, la conquista de la malinche

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