Cataluña ayer y hoy

por José María Murià

Pródromo

Se le atribuye a Jordi Pujol, presidente de la comunidad autónoma de Cataluña desde 1980 hasta 2003, que durante su viaje oficial a China, con ánimo de buscar mercados, le manifestó al gobierno de aquel país que sus gobernados alcanzaban ya la cifra de seis millones y que el primer ministro de aquel enorme país, aparentando interés por la cifra, le preguntó en qué hotel estaban alojados…
 Ello es una muestra de la ironía con que los catalanes de hoy  tratan el tema de su pequeñez, como lo dice una canción de su cantautor más representativo del último medio siglo, Lluís Llach.
El meu país es tant petit                             (Mi país es tan pequeño
que des d’un campanar                             que desde un campanario
sempre és veu l’altre                                   siempre se ve el otro).

También dice el propio Llach de “su país” que “cuando el sol se va a dormir, no está seguro de haberlo visto…”
   Sin embargo, ello no equivale a que se sientan menos que otros, pues también hacen recuerdo con frecuencia de sus muchos hijos de talla universal, como es el caso de Narcís Monturiol, inventor del submarino, del gran celista Pau Casals, el revolucionario arquitecto Antoni Gaudí o los pintores Tàpies y Dalí. ¿Y qué decir ahora del Club de Futbol Barcelona que ha ganado trofeos y adeptos por todo el mundo?
Asimismo están muy satisfechos de su variada geografía y de bellezas urbanas, marítimas y de montaña. Entre las primeras destaca la espléndida ciudad de Girona e infinidad de poblaciones menores también muy antiguas, de una calidad singular, por no presumir de su capital, “cap i casal de Catalunya” de la que, con justicia, se dice que es buena lo mismo si se tiene dinero que si no: “Tanto si [la bolsa] suena como si no suena, Barcelona es buena…

Ayer

De lo que pueden enorgullecerse más los catalanes es de lo que un poeta llamó su “voluntad de ser”, que tal vez los antropólogos prefieran definir como la fuerza de su identidad, que les ha permitido resistir y sobreponerse en tiempos recientes y antiguos a la peor maldición de que  puede ser víctima un pueblo: la persecución por querer seguir siendo lo que es y el deseo de su exterminio por parte de fuerzas bélicamente  superiores.
 Hay comentarios de sobra contundentes, como los de Miguel Otero Silva, aquel venezolano cabal, poseedor de un talento y una pluma superiores, quien conoció Cataluña durante la República, plena de dinamismo “con muchachas bien plantadas que bailaban la sardana con júbilo catalanista” (“Sobre Cataluña y los Catalanes” El Nacional. Caracas. 16 de febrero de 1972); era una Cataluña que se hacía a sí  misma e iba cobrando la forma de una nación moderna.
Después, cuando todo se vino abajocon el triunfo del fascismo español, constató que se hizo de ella “una tierra conquistada… y sometida al yugo”  con el idioma catalán vetado en las escuelas, prohibido a los periódicos, execrado de los actos públicos” y hasta perseguido en los hogares. Cuando Otero conoció esa Cataluña bajo la dictadura franquista, con lo mejor de su intelecto refugiado principalmente en México y una parte también en Venezuela, Argentina y Chile, además de Francia, claro está, y pudo dar fe de las pretensiones gubernamentales de aniquilar de plano su  cultura, dijo clarito que se sintió como “un viejo catalán desconsolado” y salió de ahí sintiéndose “catalanamente triste”.

Neruda y Otero Silva

Agréguese a ello la enorme cantidad de españoles cargados de una gran miseria –murcianos, andaluces, gallegos, etc.– que fueron prácticamente acarreados hasta Cataluña para vivir de ella y arrinconar lo más que se pudiera el habla catalana. La idea era, como se dijo infinidad de veces, acabarla “para siempre”.
    Véase por ejemplo el famoso Llibre negre de Catalunya. De Felip V a l’ABC, del acucioso historiador Josep M. Ainaud de Lasarte.
Tal como lo dijo su presidente Lluís Companys en 1939, cuando abandonó Barcelona con rumbo al exilio francés: “volveremos a sufrir, volveremos a luchar, volveremos a vencer”. Él no lo vio, pues fue secuestrado en Francia por la policía franquista y finalmente fusilado en octubre de 1940, en las murallas del castillo de Montjuich. Es ésta una fortaleza en el cerro del mismo nombre, frente al mar y colindante con Barcelona, que fue reconstruida y ampliada considerablemente en el siglo XVIII por el ejército español, no para proteger a la ciudad de sus enemigos, sino especialmente para bombardearla periódicamente, cuando alzaba demasiado la cabeza, y para encerrar y torturar en ella a los disidentes, lo mismo del orden político que del orden social, empezando por los propios catalanistas.
 Así lo constata el hecho de que, mientras fue una instalación dependiente del ejército español, hasta tiempos muy recientes, sus cañones apuntaban a la ciudad y no al mar y a la entrada del puerto, que le queda mero enfrente.
Hasta al mismo presidente de la República Española, Manuel Azaña, con  todo y su gran vocación democrática, su condición española le hizo declarar más de una vez que era conveniente “bombardear  Barcelona al menos cada setenta años”.
La resistencia catalana durante el gobierno de Franco, sin menospreciar las organizaciones clandestinas y enérgicamente perseguidas y castigadas, y el culto casi milenario a la Virgen de Monserrat, con la que todos —creyentes o no— se identifican, se basó principalmente en una sola figura: la gente. Bien claro está que el más feroz de los represores nada puede contra la acción cotidiana de todo un pueblo, máxime cuando éste tiene la identidad tan bien cimentada o, como dijo el poeta cuyo nombre me reservo:

La voluntar de ser vull per cuirassa,     (La voluntad de ser quiero por coraza,
que cap dard no trespassa                    que ningún dardo traspasa
per a ferir-me el pit.                             para herirme el pecho.)

    Cabe recordar que dicha voluntad de ser también se hizo sentir entre los catalanes exiliados. Bien se dice que la ciudad de México fue, durante al menos tres lustros, la capital de la cultura catalana, pues aquí se publicaba incluso más que en Cataluña y sucedían muchas cosas de reconocido valor: así lo reconoció Pau Casals cuando hizo su primera visita a México en 1956 para agradecer al gobierno de este país su solidaridad con los catalanes y con lo que Otero Silva llamó “la pasión catalana por la libertad del hombre”.
Sin ánimo de extendernos, menciono solamente la edición en México de más de trescientos libros en catalán y de un  centenar de revistas, algunas de las cuales tuvieron una larga duración y un contenido de muy buena calidad.
Gracias a una de ellas, el Butlletí d’informació dels paísos catalans, publicado mensualmente durante quince años en Guadalajara, por caso, el gobierno de Franco no logró erradicar el catalán del PEN Club Internacional, pues les desbarató el argumento de que no había en el mundo ninguna publicación periódica regular en lengua catalana. Por eso fue que destacaron un par de esbirros a Guadalajara con la intención de silenciar a sus editores. Tal vez lo hubieran conseguido de no haber sido por la oportuna intervención del Gobierno Mexicano por medio la Procuraduría de Justicia de Jalisco,  que los “convenció de buen modo” para que se regresaran por donde habían venido.
Vale pensar que en México estuvo la Secretaría General de los Jocs Florals de la Llengua Catalana –la actividad cultural más importante de los catalanes durante muchos años– y que en nuestro país tuvo lugar la celebración de cuatro ediciones de ellos (1942, 1957, 1969 y 1973), más del diez por ciento de los celebrados en el exilio.
Asimismo, con las garantías que ofrecía nuestro país pudieron desarrollarse aquí actividades políticas de cierta importancia, entre las que destaca la elección del mismísimo presidente de la Generalitat, en 1954, lo cual permitió que en 1977 se pudieran recuperar las instituciones anteriores a la dictadura con mayor celeridad y facilidad.
 Al mediar los años setenta, ante el indispensable relajamiento de la represión, estaba claro que la cultura catalana daba señales de mejor salud, a lo que ayudó sobremanera, obvio es decirlo, la muerte del dictador en 1975 y el consecuente proceso que se emprendió en el Estado Español hacía un régimen un tanto democrático. Los ulteriores años, ya en el marco de la nueva constitución, la recuperación del catalanismo fue notable.
La reaparición del catalán en los medios de comunicación y  paulatinamente en todos los niveles de enseñanza, la impresionante producción editorial de Barcelona que llegó a sobrepasar el número de títulos en español salidos de sus prensas, siendo que estos equivalían al 50% de la producción peninsular, en conjunto no representó otra cosa que enrielar el país por unos modos de vida casi normales.
Pero no ha dejado de haber escollos y recelos de Madrid, es decir del gobierno central, sito en lo que bien se denomina la “España profunda”, que no ha podido sobreponerse aún al síndrome de cabecera de  un imperio que, a pesar de haber desaparecido hace mucho tiempo, aun le quedan vestigios de altanería y ansia de dominación.
    En consecuencia, por lo que respecta a Cataluña, su desarrollo cultural, económico, social y político no están en condiciones anímicas de admitirlo. De ahí la campaña contra los productos catalanes, la manifiesta animadversión contra su idioma y producción cultural y el saboteo a sus reivindicaciones nacionales, lo mismo dentro del Estado Español que en el contexto de la Unión Europea y aun fuera de ella.
Constituye una clara prueba de ello la oposición del gobierno nacional español y de muchos de sus súbditos para que Cataluña fuera invitada de honor en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en 2004, y los insultos y amenazas que se ganó el INAH en 2009, cuando este país fue también invitado de honor de la XXI Feria del Libro de Antropología e Historia. En aquella ocasión hubo incluso quien amenazara con “denunciar” a los organizadores ante la embajada de España…
En el fondo, toda la problemática parte del afán intransigente de una mayoría española de negarse a reconocer la existencia de una nación catalana con la que podría convivir en un estado plurinacional si se le respetaran una serie de legítimas aspiraciones y su idiosincrasia particular y se le aceptara el desarrollo cabal de su capacidad, en vez de sabotearlo cuanto puede.
De esta negativa actitud hay una cauda secular infinita de ejemplos que van desde la sanción hasta la amenaza y el insulto, de todo lo cual se habla con una gran contundencia en el referido libro de Aynaud de Lasarte. La retahíla de gente encarcelada o golpeada por el solo hecho de hablar en catalán es impresionante, las amenazas como las de Manuel Fraga Iribarne en 1967 tampoco son escasas:

 Porque Cataluña fue ocupada por Felipe IV, fue ocupada por Felipe V, que la venció, fue bombardeada por el general Esparteroyla “…ocupamos en 1939 y estamos dispuestos a ocuparla cuantas veces sea necesario y para ello estoy dispuesto a coger el fusil de nuevo. Por  consiguiente, ya saben ustedes a qué atenerse.”

O insultos como los proferidos por el director del periódico La Vanguardia, de Barcelona, un tal Luís de Galinsoga: “Todos los catalanes son una  mierda”. O “Unos mal nacidos”, como dijo Felipe Acedo Colunga, el militar que fue gobernador Civil de Barcelona durante todos los años cincuenta.
 También viene al caso recordar, ahora que el Barça ha ganado tantas veces y por paliza en el estadio llamado “Santiago Bernabeu”, la casa del Real Madrid, que en 1967, siendo el tal Bernabeu presidente del dicho Club, declaró categóricamente: “Me gusta Cataluña a pesar de los catalanes”.
Tal inquina, de la que podemos encontrar ejemplos por millares y  tiene mil manifestaciones en la vida cotidiana, encuentra sin duda, hasta donde es posible por su condición de vencido, la correspondiente réplica.
Quizá pueda explicar esta situación la desconfianza que el catalán suela mostrar de primera intención al forastero y la generosa entrega cuando constata la buena naturaleza de su intención.
Entre otras cosas, el empresariado catalán, especialmente desde el establecimiento de la Unión Europea, ha buscado otros mercados y ha reducido en más del 50% su trato comercial con España. Asimismo, los triunfos del Barça, desde tiempos de la dictadura y aun desde antes, ofrecían una de las pocas ocasiones de manifestar su deseo de ser catalanes y ahora da lugar al regodeo de la venganza de tantas ofensas recibidas y las arbitrariedades de que han sido víctimas.

Los mejores futbolistas del mundo

No de balde la característica presión de su partidarios, los llamados culés,  para que anote goles hasta el último minuto, sin importar la ventaja que lleve.
A diferencia de otros himnos de equipos de futbol, que más bien parecen cantos de guerra, el del Barça es más bien de unidad y fraternidad:

Somos la gente blaugrana

ahora estamos de acuerdo

una bandera nos hermana.

Convertido el Real Madrid, durante el franquismo, en una especie de emblema y equipo al servicio directo del gobierno, contando además con  la descarada preferencia de éste y el respaldo de su poder absoluto,  se llegó a extremos tan inicuos como dar por terminados partidos antes de tiempo, cuando parecía inminente la derrota del privilegiado, o de imponer arbitrajes descaradamente favorables. Incluso, cuando el Barça estuvo a punto de fichar a un  jugador argentino, el gobierno le negó a éste la entrada al país y, una vez cancelada la operación y entrando el hombre en tratos con el Real Madrid, no sólo se le abrieron las puertas, sino que incluso se le concedió velozmente  la nacionalidad española. El dicho jugador se apellidaba Di Estéfano y en su tiempo fue considerado el mejor del mundo.
El ya citado Otero Silva, quien conoció bien Cataluña, aun en sus peores tiempos, escribió en 1972, que cuando salió de Cataluña, muchos años atrás, esposado y escoltado por dos  guardiaciviles murcianos que seguían  órdenes de Madrid, iba plenamente convencido de que Cataluña era sin la menor duda una nación  y de que el pueblo catalán tenía razones de sobra al luchar para demostrar que lo era.
Si no se parte de tal perspectiva, no es posible entender ese país que, siendo tan pequeño y sin disponer de una estructura gubernamental independiente y propia ha sido capaz de alcanzar una fuerza cultural de tanta envergadura.

Hoy

Los catalanes bailan con frecuencia su sardana. Dicen que es la “danza más bella”. Tal vez exageran y no lo es tanto… pero lo que sí es cierto es que pies jóvenes y viejos de danzantes de todas las clases sociales, a la menor oportunidad proceden a “puntear” al compás de antiguas y nuevas composiciones. Lo hacen en círculo y con las manos suavemente enlazadas, lo que los hace sentir que son precisamente catalanes; un pueblo que, según el cimero poeta Joan Maragall, “quiere y avanza dándose las manos”.
 Es la sardana una danza muy antigua y se baila con rigidez matemática, aunque se exagera cuando se dice que los fenicios, al conocerla, prefirieron establecerse en otra parte.
Hubo tiempos en que resultaba prudente, para evitar represalias oficiales, remontarse a las montañas, en cuya intimidad se bailaba y cantaba a  plenitud y, si se daba la certeza de no haber espías, se arriesgaban a bailar “La Santa Espina”, una sardana prohibidísima porque su letra comienza diciendo: “Som i serem gent catalana…”: “Somos y seremos gente catalana…” Finalmente, a veces hasta se aventuraban a cantar su himno nacional, Els segadors, en el que se augura que Cataluña “volverá a ser rica y plena” cuando se logre  liberar “de esta gente tan ufana y tan soberbia”.


Nada tiene de raro, entonces, que el añejo deseo de formar un Estado nacional propio, aunque ahora plena y debidamente integrado a la Unión Europea, haya ido creciendo de manera continua y cobrando mejor forma durante los últimos años y, a fin de cuentas, se hable ya con base en diversos y eficaces sondeos, que los partidarios de la separación de España constituyen ahora  el doble de los que no están dispuestos a hacerlo, pero hay, además, un número igual al de los reacios por completo a la separación que se dicen dispuestos a aceptar el status actual pero siempre y cuando se gane mucha más autonomía.
La cultura catalana de hoy es resultado y heredera de esta situación. Sus mejores exponentes actuales crecieron acorralados, no pocos conocieron las cárceles; todos sintieron el peso de la opresión. Perseguida, con ánimo de exterminarla, esta cultura se defendió en el seno de los hogares, con actividades encubiertas o en lugares recónditos y con la ayuda de sus numerosos exiliados, muchos de ellos en México. Pero en la veneración de su “primitivo” baile cobraron conciencia de la antigüedad de su ser y del legado que debían preservar. Se trata de una identidad renovada: de otro modo no se explicaría su pujanza, mas tampoco tendría tanta consistencia si se hubieran secado sus profundas raíces.
Quizás el mayor símbolo de esta conjunción sea el genial violoncelista Pau Casals, relacionado con Guadalajara durante los últimos años de su vida. Su composición cimera, El Pessebre, estrenada en Acapulco en 1960, constituye un magnífico ejemplo de un tema popular llevado a la más exquisita forma orquestal.

Pau Casals

Lo mismo puede decirse de la música minimalista de Frederic Mompou y hasta de la zarzuela, Cançó d’amor i de guerra, de Enric Morera, con un tema aparentemente antiguo pero de una gran vocación independentista.
 Con el declinar de la dictadura franquista,  surgió una “nueva canción” que también relaciona lo actual con lo antiguo: Raimón, el primero en tiempo: Lluís Llach, de una firmeza nacionalista ejemplar; María del Mar Bonet y Joan Manuel Serrat, se inspiraron todos en una vieja trova, y hasta la reprodujeron, al tiempo que incursionaron en formas modernas y temas de actualidad. Serrat es muy conocido, pero quienes tengan buena memoria recordarán también que Llach fue traído a México en 1973 para protegerlo del gobierno español dándolo a conocer internacionalmente. Cantantes de alta escuela todos conocemos a tres: Victòria dels Àngels, Montserrat Caballé y Josep Carreras.

Un arquitecto, catalán como el que más, domina desde la perspectiva de hoy el panorama de la arquitectura catalana: Antoni Gaudí, por haber jugado como quiso con las formas y haber legado, entre otras cosas, el icono principal de Barcelona: la iglesia de la Sagrada Familia, aunque la terminación de la misma minimiza sobremanera lo que alcanzó a realizar su propio Gaudí creador y opaca en demasía su genio. Del mismo aire, aunque menos irreverente con los cánones, fue Lluis Domènech i Montaner. Ambos nutrieron sus construcciones con  símbolos autóctonos, aunque de apariencia irreal.
Entre muchos arquitectos importantes como Oriol Bohigas, que fue homenajeado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, de 2004, y como Ricard Bofill, los mexicanos tenemos que recordar a Antoni Péyri, cuya impronta aún se nota en la escuela de arquitectura de la UNAM.
No sé si el pintor más famoso sea Joan Miró o Salvador Dalí; quizá el primero, abstracto, destaque más por su pintura y el otro, surrealista, por sus rarezas y escasa calidad humana. De cualquier manera, como pintor, Dalí también es genial. Miró es menos figurativo, pero Dalí domina de tal manera las formas que, al igual que Gaudí, hace lo que quiere con ellas. Aunque haya nacido en Málaga, se exige hablar de Picasso que se formó en Barcelona y en ella se encuentra la mayor parte de su obra.


De los pintores vivos, Antoni Tàpies es el más afamado. Pero vale señalar también a Remedios Varo y Benet Messeguer entre los acogidos en México en calidad de exiliados.
Dejo para el final la literatura que se presentó con gran esplendor en la FIL tapatía de 2004. Desde la obra de tema  mexicano de Pere Calders, uno de los prosistas más notables, hasta la apasionante novela tal vez policíaca de Manolo Vázquez Montalbán. También se cuenta Juan Goytisolo, por supuesto. No en vano se le concedió en 2004 el premio Juan Rulfo. En México aportamos también la obra poética de Ramón Xirau.


La riqueza de autores es precisamente lo que sustenta que Cataluña publique más que ningún país hispanoamericano. Todos los géneros cuentan con magníficos representantes: Mercè Rodoreda es un gran novelista, lo mismo que la señora que se firmaba Víctor Català e Imma Monzó, la más joven. Una lista de obras que se antoja infinita es la de Manuel de Pedrolo, que contrasta con la frescura de Xavier Cercas, pasando por la inspiración mexicana de Tísner y Ferrán de Pol; asimismo vale mencionar la prosa de Joan Fuster y Quim Monzó, entre tantos otros.
No quiero concluir sin aludir a la historiografía reciente, desde el clásico del siglo XX, Antoni Rovira i Virgili, hasta Josep Fontana, quien ha influido mucho en América Latina, y autores como Jaume Sobrequés, Albet Balcells y Josep M. Solé i Sabaté; que denuncian la barbarie franquista con el mayor profesionalismo.

En suma, bien puede concluirse que la cultura catalana goza hoy de una pujanza excepcional. Su lengua, por caso, es hablada cotidianamente por casi diez millones de personas de la Cataluña peninsular, del País Valenciano, las islas Baleares y Pitiusas, Andorra y la Cataluña francesa, además de un pequeño reducto llamado Alguer, enclavado en la isla italiana de Cerdeña.
Duplica al danés, al finlandés y al eslovaco y anda al parejo con el checo, el húngaro y el sueco y casi alcanza al griego, pero proporcionalmente a los parlantes su industria editorial, solamente en catalán, supera la mayor parte de las lenguas del mundo.
Queda claro que las pretensiones genocidas de exterminarla, a pesar del gran daño que hicieron han derivado en un estruendoso fracaso.

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2 comentarios

Archivado bajo Arte, Cultura, Diversidad cultural, Etnografía

2 Respuestas a “Cataluña ayer y hoy

  1. Correo de las Culturas del Mundo

    Reblogged this on Correo de las Culturas del Mundo and commented:

    Para que nadie se lo pierda, volvemos a publicar el texto de José Ma. Murià: Cataluña ayer y hoy.

  2. Carmen

    Habría que añadir que los catalanes tienen una palabra despreciativa para denominar a los andaluces que van allí a trabajar: charnegos.
    Ello es prueba de su talante provinciano y centrípeto.

    Os queda mucho que aprender de la sabiduría y tolerancia de un pueblo sabio que os da cien mil vueltas en cultura: Andalucía.

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