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Peregrinaciones de ayer y hoy

Peregrinaciones

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Coordinador : PATRICIA FOURNIER, CARLOS MONDRAGÓN, WALBURGA WIESHEU
Autores Varios : DAVID LAGUNAS ARIAS, FRANÇOISE ODILE NEFF NUIXA, FERNANDO LÓPEZ AGUILAR, SERGIO SÁNCHEZ VÁZQUEZ, LUIS ARTURO JIMÉNEZ MEDINA, RAÚL MÉNDEZ YÁÑEZ, F.T. AZUL U. RAMÍREZ RODRÍGUEZ, OUAJD KARKAR, LESLIE F. ZUBIETA, MARÍA ELVIRA RÍOS, EDUARDO HERRERA
El Colegio de México
Centro de Estudios de Asia y África
1ª Edición: 2012
ISBN: 978-607-462-392-5

Esta obra representa un esfuerzo por retomar el concepto de la peregrinación y repensarlo críticamente a la luz de nuevas investigaciones. Con este fin, ofrece trece estudios realizados en las más diversas regiones de México y el mundo, entre las que se incluyen el Centro de México y el Bajío, África sur-central y el Rif marroquí, el este de Asia (China imperial y contemporánea), la alta planicie del Tibet, los archipiélagos de Melanesia y Estados Unidos de América.

Uno de los objetivos de esta compilación es problematizar nociones establecidas en torno al peregrinaje ofreciendo nuevas formas de entender la construcción y la experiencia de los paisajes culturales, la percepción del espacio, del desplazamiento y de la condición de la persona y el grupo, así como la creciente importancia del turismo y la migración en contextos transnacionales actuales.

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Isaías Lerner y la filología hispánica

Isaías Lerner portrait

El diálogo filológico entre Europa y América ha tenido uno de sus más dignos representantes en Isaías Lerner, profesor en la Universidad de la Ciudad de Nueva York, ciudad que conocía como nadie y donde falleció el 9 de enero de 2013. Nacido en Buenos Aires (1932) en el seno de una familia judía, se licenció en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires en 1959, estudiando con maestros tan señeros como María Rosa Lida, Ana María Barrenechea, Ángel Ronsenblat y Marcos Morínigo, quien lo inició en los estudios cervantinos y en la épica de tema americano.
Profesor ayudante en Northern Illinois University en 1963 y 1964, su posterior carrera docente en la Universidad de Buenos Aires y el Instituto Superior del Profesorado se vio truncada como consecuencia del golpe militar que lo cesó en su cátedra del Colegio Nacional de Buenos Aires, trasladándose en 1967 a la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, donde se doctoró y posteriormente enseñó. En 1971 se incorporó al Departamento de Lenguas Románicas en el Lehman College de la mencionada CUNY, siendo más tarde catedrático. Allí dirigió numerosas tesis y ejerció hasta sus últimos días una labor rigurosa y exquisita que se amplió, como profesor visitante, a otras universidades europeas y americanas. Elegante en el modo, Isaías Lerner trató de recuperar el significado que los textos clásicos pudieron haber tenido para el lector de su tiempo, mostrando a la par su plena actualidad.
Poseedor de una amplia cultura, dedicó su vida a la filología hispánica, en su vertiente lingüística, literaria e histórica, con libertad de juicio, espíritu crítico, sentido de la ironía e ingenio verbal. Lo prueban sus estudios sobre la lengua toba y Los arcaísmos léxicos del español de América (Ínsula, 1974), premiado por la Real Academia Española, al igual que sus Lecturas de Cervantes (Universidad de Málaga, 2005) y otros muchos dedicados a la literatura española e hispanoamericana del Renacimiento y el Siglo de Oro. Esas y otras tareas cumplidas, junto a sus ediciones del Quijote, La Araucana y las obras de Pedro Mexía, fueron internacionalmente reconocidas en Silva: Studia Philologica in honorem Isaías Lerner (Castalia, 2001).
Mucho es también cuanto el hispanismo le debe como presidente de honor de la Asociación Internacional del Siglo de Oro, vicepresidente de la Asociación Internacional de Hispanistas, así como miembro de la Junta Directiva de la Asociación de Cervantistas, del patronato del Spanish Institute y del Instituto Cervantes de Nueva York. Fueron esos caminos que recorrió en paralelo con su mujer, la reconocida filóloga Lía Schwartz. Tanto ella como su adorada hija Bettina, sus discípulos, lectores y amigos recordarán que, frente al oscuro río dantesco del Poema conjetural de Borges, los ríos caudales “entran en la mar non perdiendo su nombre”.

Aurora Egido es catedrática de Literatura Española de la Universidad de Zaragoza.

Fuente: http://cultura.elpais.com/

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Borges profesor

por Isaías Lerner

Después de la revolución militar que sacó del poder al presidente Perón en 1955, las universidades argentinas, y en particular la de Buenos Aires, comenzaron un período de recuperación y renovación que, por lo menos en la de Buenos Aires, supuso la reincorporación de muchos docentes que el régimen peronista había excluido ya sea por razones políticas o por mero favoritismo; la confirmación de otros, y el nombramiento de nuevos catedráticos que, por complejos motivos, habían permanecido hasta entonces al margen de la docencia universitaria.
La facultad de Filosofía y Letras recibió como interventor a un destacado historiador, Alberto M. Salas, que inició una tarea de reordenamiento, ahora tal vez algo olvidada, pero que hoy algunos consideramos de extraordinarias y valiosas consecuencias académicas.
Entre sus nombramientos más prestigiosos, y al mismo tiempo más innovadores, estuvo el de Jorge Luis Borges. Si no me equivoco, se le ofreció entonces la cátedra de literatura alemana, ya que había publicado su Antiguas Literaturas Germánicas, creo, o porque era la materia que le hubiera gustado enseñar. Lo cierto es que por esos años (1956-1957) su vista había desmejorado mucho y no podía leer más solo. Dependía entonces de su madre para la lectura y Leonor de Acevedo no sabía alemán. Podía sí leer inglés y Borges propuso dictar esa materia. Todo esto trasgredía muchas banales ordenanzas administrativas, pero para entonces Borges comenzaba a ser una figura internacional de prestigio indiscutido, aunque nada comparable a lo que sería en los años posteriores a la década de los sesenta.
En esos años estaba al final de mis estudios y me faltaban muy pocos cursos para completar la carrera de letras. Decidí postergar la graduación para poder inscribirme en el curso de Borges. Nunca me he arrepentido de ésta, entre las muchas demoras que caracterizan mi conducta. Yo ya era fervoroso lector de su obra y oyente de sus conferencias y cursillos. Especialmente los del Colegio Libre de Estudios Superiores, institución privada que se había convertido, en los años del gobierno de Perón, en foro para intelectuales desplazados de la universidad y de otras instituciones, por la política cultural y científica del régimen.
La idea de seguir todo un curso sobre literatura inglesa y norteamericana con Borges en la facultad se convirtió en una prioridad sobre cualquier otro proyecto profesional, o así creo que lo veo ahora.
Las expectativas eran grandes, menos por lo que iba a aprender de literatura inglesa que por lo que iba a entender sobre literatura desde la perspectiva personal y antiacadémica de Borges. Pensar un Borges profesor contestatario y rebelde suena disparatado. Particularmente ahora, cuando la opinión que prevalece es la del Borges que han inventado las entrevistas y las banalidades del periodismo que pretende ser cultural. Tampoco creo que lo veían así los jóvenes escritores que se rebelaban contra lo que entonces consideraban el orden establecido por las instituciones culturales consagradas. Pero frente a cierta chatura académica que caracterizaba a la universidad de los años en que cursaba mis estudios, y salvo muy raras y honrosas excepciones, las clases de Borges representaron un auténtico aire renovador y un verdadero privilegio.
En el viejo edificio lindero con el rectorado de la Universidad, en la calle Viamonte, en donde se había arrinconado la facultad de Filosofía y Letras, por entonces la más pequeña de todas las facultades, porque todavía no se habían incorporado las ciencias sociales, a Borges le asignaron un aula de la planta baja en el pasillo central seguramente para hacerle menos azaroso el acceso. Para entonces, había adquirido Borges una perfecta noción del tiempo de una conferencia. Es decir, cincuenta minutos exactos para desarrollar el tema que se proponía examinar. Borges llegaba minutos antes, siempre rodeado de amigas, colaboradoras y lectoras fieles, fácilmente reconocibles en el mar de rostros jóvenes de los estudiantes que poblaban las aulas y los corredores. De ellas recuerdo que lo acompañaban y asistían a las clases Cecilia Ingenieros y Alicia Jurado; no era yo entonces capaz de reconocer a las otras amistades, seguramente del ambiente de la revista Sur, que, por lo demás, tenía su redacción a escasa distancia del edificio de la Facultad.
Los alumnos ya estábamos reunidos junto a la puerta del aula a la espera de que terminara la clase inmediatamente anterior, cuando Borges llegaba. En ella, ese año, dictaba clase de literatura española del XVI y del XVII el catedrático Ángel Batistessa, que se demoraba casi siempre más allá del tiempo reglamentario, por pura distracción o por perversa manía. Esto ponía muy nervioso a Borges, que veía la estructura de su clase a punto de ser alterada.
En efecto, la larga experiencia que había adquirido como conferencista le había dado una infrecuente capacidad para dotar a sus clases de un orden riguroso y de una simetría ejemplar basada no sólo en el orden de ideas sino también en el tiempo asignado. El placer de reconocer esas virtudes que hicieron de su prosa de creación (en la que naturalmente hay que incluir sus ensayos) el modelo que habría de cambiar la manera de escribir en castellano (o así lo veíamos nosotros) es hasta hoy el mejor recuerdo docente que conservo de sus clases y que traté de aplicar, con resultados no siempre satisfactorios, a mi propio modo de enseñar. Pero no solamente esta deslumbrante arquitectura de la clase casi geométricamente diseñada y con clara conciencia de los elementos que de cada autor quería Borges destacar. La más atractiva enseñanza que se desprendía de sus clases estaba relacionada con lo que me gusta considerar como sus conceptos fundamentales de una teoría general de la escritura; una especie de estética que cada una de sus clases ejemplificaba con otros textos. Por cierto, algo de esto está expuesto de modo fragmentario en sus escritos. Pero la transposición a las clases le otorgaba a sus ideas un dinamismo particular y también un poder mayor de convicción que la inmediatez de los gestos, las curiosas inflexiones de voz, en su particular monotonía y cadencia marcadas por su peculiar stacatto, hacían más convincentes y más retadoras.
Así, pues, comenzar el curso con una larga introducción sobre poesía gauchesca para autorizar su lectura de Chaucer; o al revés, utilizar a Virgilio con el propósito de aclarar un texto en apariencia alejado de la imitación de los clásicos, representaba no solamente una nueva manera de leer las literaturas del mundo desde la lejana Buenos Aires, para alumnos muy ignorantes y agobiados por la enseñanza de una historia literaria que sólo parecía interesarse por la biografía de los autores tratados, también significaba poner en práctica la idea tan borgiana de la universalidad del acto literario, la posesión universal y despersonalizada de la palabra y de la expresión artística. Es decir, el descubrimiento del universo de la creación.
Por ello la elección de autores olvidados o no siempre presentes en el canon tradicional (¿qué hacían Gibbon y su favorito Sir Thomas Browne cuando detenía su repaso de las letras inglesas en el XIX?) era un modo de transgresión que no podía confundirse con la arbitrariedad. Era más bien, la literatura inglesa de Borges y en esto residía su enseñanza especial.
He hablado de su voz y de sus gestos. De estos últimos es imposible olvidar, porque tenía algo de conmovedor y de idiosincrático al mismo tiempo, el movimiento, al principio de la clase, de sacar su gran reloj de bolsillo y acercarlo peligrosamente al rostro para poder ver las agujas; el acto de acomodar sus manos sobre el pupitre, una cubriendo la otra, como siempre, y que daba a su postura una curiosa dignidad; la mirada de sus ojos claros y casi inmóviles fija en un vacío terriblemente literal, y para nuestro pánico, el movimiento expresivo de los brazos, que marcaban siempre un énfasis didáctico, y que acercaba peligrosamente (y para desesperación de todos) una de sus manos, al perenne vaso de agua que a veces solía tomar. Nunca volví a sentir la inexorabilidad de la próxima ceguera con tanta ansiedad y con mayor sentido de perversa ironía: quien iluminaba los textos elegidos con tan deslumbrante claridad, estaba entrando, literalmente, en la oscuridad.
Por cierto, preparar los exámenes orales era otro de los desafíos. No sabíamos bien lo que Borges quería de nosotros o lo que iba a pedir que supiéramos. Ni siquiera sabíamos cómo poder prepararnos para sus preguntas, pues los apuntes tomados a velocidad de vértigo eran de poca ayuda, porque sonaban tan a Borges. Ahora me parece que tampoco él lo sabía muy bien. La mayoría se decidió por una forma austera de la paráfrasis de sus clases y era esto, en verdad, lo que más habría de apreciar a la hora de contestar sus preguntas definidas por una completa falta de especificidad.
No sé si llegamos a transmitirle, los que admiramos sus clases, nuestro agradecimiento por lo recibido y tampoco sé si esperaba algo especial a cambio. Sin embargo, la suerte y un misterioso y muy borgeano tejido de casualidades, hizo posible que pudiera expresarle, casi treinta años después y un poco atolondradamente, mi gratitud. Borges había sido invitado a Nueva York para la convención multitudinaria de profesores de lenguas y literaturas de las universidades de Estados Unidos para dar una conferencia magistral. Estaba también en Nueva York Enrique Pezzoni, su amigo y uno de sus mejores críticos, y viejo compañero de avatares docentes en Buenos Aires. En un tranquilo restaurante japonés donde cenamos con María Kodama y Lía Schwartz le dije finalmente a Borges todo lo que había significado su curso y se mostró honestamente sorprendido y particularmente agradecido. Este rasgo de genuina modestia de parte de quien había sido ovacionado horas antes por un vasto auditorio de especialistas y escritores volvió a dar intensa y melancólica actualidad a sus clases en la ruinosa aula de la calle Viamonte, que tal vez ya ni exista.
Lo que hoy recuerdo, alejado de toda comprobación que no esté basada en una vaga y traicionera memoria de la experiencia vivida, es la conciencia clara y firme de una deuda intelectual y estética extraordinaria y de importancia fundamental para mi formación. Finalmente, y como sucede muchas veces en el azaroso mundo de la enseñanza de las humanidades, la literatura inglesa tuve que estudiarla por mi cuenta, cuando fue necesario.

Fuente: http://www.abc.es

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El dragón y el unicornio

http://alejandrocarrillocastro.com/libros/1/dragon-y-unicornio.html

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Todos los cielos, el cielo

  Fernando Bogado entrevista a Adolfo Colombres

¿Cómo han imaginado el más allá y la vida después de la vida las diferentes culturas a lo largo de la historia de la humanidad? ¿Cuántos paraísos hubo y habrá en la historia del hombre? En Imaginarios del Paraíso, el antropólogo y escritor Adolfo Colombres buscó las respuestas en documentos, imágenes, paisajes y bibliotecas. Apoyado en la literatura y lejos de un tono académico, ofrece una visita guiada por todos los cielos que hay más allá del cielo cristiano, del Hades griego al trasmundo bélico escandinavo, de los exuberantes edenes orientales al sexual paraíso guaraní, y también las ciudades utópicas que el hombre todavía sigue buscando en esta vida.

Morir es un privilegio de la humanidad. Al menos, así lo han entendido diversos teólogos o filósofos a lo largo de su historia (y no sólo pensamos aquí en el afamado ser-para-la-muerte de Heidegger). Sobre esta idea de la muerte, de su conciencia a lo largo de la vida, los antropólogos e historiadores también ubican la presencia de un fuerte imaginario que va a permitir distinguir los antecedentes evolutivos previos al hombre del hombre propiamente dicho: la idea humana, demasiado humana, de que con una vida no alcanza, de que hay algo más, un trasmundo, una sobrevida, una existencia, como mínimo, un poco menos cruel que la experimentada de este lado de la tumba. Junto al homenaje a los muertos, entonces, aparece la idea del Paraíso, lugar que tiene diferentes nombres para cada una de las culturas, que ofrece diversos placeres –o, incluso, males–, pero que puede considerarse como otra característica privativa de la humanidad (y, al menos, un poco más simpática que la anterior). Adolfo Colombres, escritor y antropólogo argentino, autor tanto de novelas como de diversas obras concentradas en investigaciones lingüísticas, literarias y, en rasgos generales, simbólicas, acaba de publicar Imaginarios del Paraíso: ensayos de interpretación, texto que se ocupa de revisar las diferentes construcciones paradisíacas de varias comunidades –desde los cristianos a los bantúes, de los incas a los guaraníes– en un libro accesible a lectores tanto especializados como no (digamos: sin farragosas notas al pie ni multitud de nombres propios como referencia).

En Imaginarios del Paraíso, la primera gran oposición que se señala es la que se hace entre lo sagrado y lo humano. ¿Cómo relaciona este primer gran corte con la construcción de los diversos imaginarios escatológicos?

–Para mí el sentido de lo sagrado pasa por la afirmación y significación plena de la vida terrenal, no por su negación, y algunas religiones –sobre todo, la cristiana– se han comportado como depredadoras de esta dimensión, al separar lo humano de lo sagrado. Veo a lo sagrado como la mayor creación de lo humano, una zona donde se concentran los significados más profundos de las culturas y las personas. Una zona antropológica y filosófica, saturada de ser, creada por los hombres y no por los dioses. Lo que las culturas sueñan para después de la muerte refleja su grandeza y miseria, como una prueba de fuego.

El libro tiene una forma que se aleja del análisis duro para aprovecharse de la plasticidad del ensayo y ofrecer una prosa onírica y literaria. ¿Por qué recurrir a este estilo nada academicista?

–Como en esencia me siento sólo un escritor, o más en concreto un narrador, quise hacer un libro no académico, que se pudiera leer como un texto literario, o como ensayos de interpretación de las múltiples concepciones del paraíso que abordo. Quiero decir con ello que alguien puede dar otra interpretación, desde un lado diferente. Diría que desde la adolescencia empezaron a fascinarme los temas del tiempo, la eternidad, y el paraíso, y que sigo con ellos, pues estoy escribiendo una novela que se llama justamente La eternidad y empezando a trabajar en un ensayo que titularé La poética de lo sagrado, entendiendo que se trata de algo fundamental para recuperar y potenciar los sentidos del mundo en esta era del vacío. En cuanto a la investigación y escritura, debió consumirme más de tres años, aunque siempre trabajo los ensayos en forma paralela a una novela. Esta representa para mí el placer de la escritura, y el ensayo el deber de la escritura. Aunque confieso que este libro, por tener bastante de literario, me entusiasmó. No hubiera podido escribirlo sin haberme sumergido en la Biblioteca Nacional de Francia y otras importantes bibliotecas de París, donde abundan materiales sobre África y Asia, aquí escasos.

¿Qué entiende por “imaginario”?

–Aquí, como en otros de mis libros, trato de no enredarme con las escuelas antropológicas ni filosóficas europeas, sino de tomar de ellas sólo aspectos que me interesan, y a menudo para invertirlos o resemantizarlos, como parte de una tarea de descolonizar el saber. La experiencia europea tiene poco de universal, pero universalizó sus gestas, valores y puntos de vista mediante el colonialismo, sin molestarse en confrontar sus teorías con las de otras culturas. Lo que me interesa es la línea de la antropología simbólica, desarrollada en Francia primero por Marcel Griaule, Michel Leiris y Genéviève Calame-Griaule, la hija de Marcel. También por Gaston Bachelard, en quien se apoya Gilbert Durand para fundar la Escuela del Imaginario. Si bien ésta reivindica por un lado el pensamiento simbólico, menospreciado por Parménides, Platón y casi toda la filosofía griega, en su empeño de defenderlo ante el frío racionalismo de la Sorbona apela a estructuras y mecanismos racionales que contradicen su intención. Por lo tanto, no me inscribo tampoco en esa escuela. Para mí el imaginario es todo lo que alberga la mente humana y que se pone diariamente en escena. Algo que arranca de los mitos y alcanza en sus vasos capilares las pequeñas costumbres que repetimos sin cesar. Este magma está formado por imágenes y relatos con cierta coherencia, pues no se privilegia el elemento aislado, sino el que se integra en un sistema complejo y está tocado por el aura de lo maravilloso o de lo mágico. No olvidemos que el mito, al igual que la religión y el arte, nos enseñan a maravillarnos del mundo, hasta el punto de que podríamos definir a la cultura como el arte de complicar la vida, de dificultar lo que la naturaleza presenta como fácil.

¿Cómo trabajó la oposición entre el cielo ascético del cristianismo y la idea de un trasmundo repleto de criaturas y actividades de los pueblos indígenas americanos?
–Grecia tuvo una concepción sensual de la vida en el más allá, como lo demuestran las pinturas de las tumbas, al igual que los etruscos. Los romanos heredaron de los griegos el gusto por los jardines y los placeres, pero su arte se puso al servicio del poder, y luego del Concilio de Efeso, en el año 431, el cristianismo lo irá despojando de toda huella de paganismo para aceitar la maquinaria guerrera que precisaba su proceso de asimilación forzosa. En el V Congreso Mundial de Cultura, que se hizo en La Habana, acusé a lo que llamo el Imperio Romano-Cristiano de haber sido el mayor destructor de la diversidad cultural que hubo en la historia humana, al establecer un modelo que aún hoy sigue depredando los universos simbólicos diferentes, con un salvacionismo patético que se siente el único poseedor de la Verdad, y que sólo habla de renuncias, de ascetismo. El pensamiento europeo, e incluso el marxismo, están teñidos por esta ascesis redentorista. Los mitos americanos, por otro lado, dejan bien en claro que en el cielo no hay nada que valga la pena. Son mitologías que se basan en la horizontalidad fraternal, no en la valoración de la dimensión vertical del espacio. Los dioses viven por lo general en el monte y en los cerros, y las coreografías de sus danzas no muestran deseo alguno de elevación, sino la pose de quien pisa la tierra con firmeza.

En el libro aparecen varios nombres de escritores: Dante, Melville, Conrad, Stevenson, Darcy Ribeiro… ¿Qué relación establece entre la literatura y el Paraíso, entre el arte y lo escatológico?

–La literatura y el arte, en cuanto fundadores de sentido, navegan en la zona sagrada, donde se concentran los significados, y no pueden dejar allí de encontrarse con esta dimensión escatológica, donde reside el último sentido, el deseo de eternizar algo de nosotros o ciertos valores. Es decir, alguna forma de inmortalidad. Desde un punto de vista más universal, lo verdaderamente trágico no es la muerte de un héroe, sino el final del mundo que lo hizo y por el que luchó, y que dio sentido a su existencia y formato a su heroísmo. Quizás el solo hecho de escribir, de pintar, de componer música, no sea más que una apelación a la inmortalidad, no tanto para que nos recuerden cuando ya seamos ceniza, sino para dejar las huellas de lo que amamos y defendemos hoy a quienes vendrán después. Lo que importa a la postre son las imágenes con que nos vamos, las que dejamos. Pero un imaginario no se hace con cualquier imagen, como las que abundan en la televisión, sino con esas que pueden resumir toda una vida, dar cuenta de un mundo particular. Y que bastan para evocarlo. Parado a orillas del Paraná, frente a una pequeña isla, Rafael Alberti decía que la eternidad bien pudiera ser tan sólo un río (ese río), un caballo solitario (el que pastaba en esa isla) y el zureo de una paloma perdida (que escuchaba en ese momento). No hace falta mucho para entrever las luces del Paraíso. La luz, por suerte, aún no ha sido depredada, aunque no sea de todos o para todos.
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4656-2012-05-06.html

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Historia social de la Real Casa de Moneda de México

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Historia social de la Real Casa de Moneda de México
Felipe Castro Gutiérrez
Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2012, 256 p., ilustraciones, gráficas, cuadros (Serie Historia Novohispana 88).
ISBN 978-607-02-3150-6

Este libro se ocupa de los orígenes de la Real Casa de Moneda de la ciudad de México y de los cambios ocurridos en ella en el siglo XVIII, con el establecimiento de la llamada “nueva planta”. Pero, sobre todo, se dedica a sus obreros: a su situación social, relaciones personales, amistades, ideas y actitudes frente al trabajo y la jerarquía institucional. Describe, también, las pobres vecindades donde vivían sus esposas e hijos, y se interesa por sus enfermedades, su vejez, y su muerte. Pretende, en suma, construir la historia de este importante establecimiento con una nueva perspectiva, desde abajo, y no solamente a partir de las impersonales estadísticas o de los informes oficiales de la producción monetaria.

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Manuscritos astronómicos de Timbuctú

Los manuscritos del National Ahmed Baba Center for Documentation and Research de Timbuctú (Mali), ciudad que antaño fuera un importante cruce cultural de caminos, atrajeron a eruditos de los más lejanos lugares del mundo africano y árabe.
Según los especialistas, los documentos guardados en dicha institución, algunos de los cuales datan del siglo XIII, son valiosos porque demuestran que África tuvo una larga tradición escrita y no sólo oral, como se suponía comúnmente, y que esa cultura africana estaba viva y pujante antes del renacimiento europeo.

Restauración y conservación de los manuscritos

Hay más de 100,000 manuscritos conservados en cinco bibliotecas privadas o en poder de varias familias de Timbuctú. Sólo algunos saben lo que contienen, pero tanto si conocen o no su contenido, los guardan celosamente como herencia de la familia.
Entre los textos hay contratos de compraventa de esclavos; del comercio del oro y de la sal; cartas y decretos que demuestran cómo los juristas musulmanes resolvían conflictos entre las familias y el Estado. Algunos de los legajos hablan de los derechos de las mujeres y de los niños.

La mayoría están escritos en árabe, aunque algunos utilizan la escritura árabe para transcribir las lenguas locales que no tenían alfabeto.

Muchos de los textos más antiguos datan del imperio de Songhay, un próspero reino que existió entre los siglos XV y XVI. Hace cinco o seis centurias, Timbuctú era una encrucijada importante para las caravanas del oro y de la sal que atravesaban el Sáhara. El comercio de libros también prosperó y la mezquita Sankoré se convirtió en un centro de enseñanza, atrayendo a miles de estudiantes cada año. Algunos manuscritos dan testimonio de la presencia española en la curva del Níger. Las bibliotecas reúnen también manuscritos de Marruecos, Damasco y Egipto.

Patrimonio

Ayudados por un clima generalmente árido, los habitantes de Timbuctú han conservado esta riqueza cultural durante siglos. Pero el tiempo está en su contra. El Sahara ha estado avanzando poco a poco hacia el sur y la arena está llenando las calles de la ciudad, contribuyendo a las inundaciones en la breve estación de lluvias. El papel ácido y las tintas ferrosas introducidas en el siglo XIX se están quemando lentamente a través del contacto con otros manuscritos; y las termitas parecen estar por todas partes.
Entre la presión de la pobreza, las épocas de sequía y la rebelión de los tuareg en Mali que duró diez años, los manuscritos continúan desapareciendo en el mercado negro, donde se venden ilegalmente a coleccionistas privados y a universidades de Europa y Estados Unidos.
Sin embargo, en el Timbuktu Heritage Institute los manuscritos están comenzando a ser catalogados, preservados y protegidos contra el hurto.
La ciudad de Timbuctú tiene hoy entre 60 y 80 colecciones privadas, la más grande de las cuales es la biblioteca Mamma Haidara. Varias otras colecciones privadas fueron adquiridas por el National Ahmed Baba Centre for Documentation and Research, institución pública que ahora posee más de 18,000 manuscritos.

Véase: Timbuktu Heritage Institute

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70 años de la revista Cuadernos Americanos

Cuadernos Americanos, la revista más importante que publica la Universidad Nacional Autónoma de México, cumple 70 años de haber sido fundada por grandes intelectuales de México, como Alfonso Reyes y Jesús Silva-Herzog, así como por personalidades del exilio español, como León Felipe y Juan Larrea.

León Felipe

“Es la revista más importante que publica la Universidad Nacional porque recoge los trabajos medulares sobre cultura, política, economía, sociedad y antropología en América Latina y España”, argumenta Adalberto Santana, director del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (CIALC), de esta casa de estudios.
La revista, fundada en enero de 1942 como un órgano político-cultural de reflexión y de esperanza de paz ante el conflicto bélico mundial que se vivía entonces, actualmente mantiene la misma línea editorial, pero hace hincapié en las realidades de nuestra América.


“A través de sus páginas se muestra al mundo que aquí hay una producción destacada y que también hacemos un examen de lo que somos y de la relación que tenemos con Estados Unidos, Asia, África y Europa”, agrega Santana.
La UNAM, El Colegio de México y la Junta Española (entonces en México) fueron las instituciones que hicieron posible Cuadernos Americanos, cuyo primer director fue Jesús Silva-Herzog.
En su nueva época, una vez que comenzó a ser administrada como fideicomiso por la UNAM, Leopoldo Zea se convirtió en su segundo director. Después, en 2004, Estela Morales asumió el cargo; y en 2008 Santana.
Entre los autores que han publicado en Cuadernos Americanos a lo largo de sus 70 años de existencia, destacan Alfonso Reyes, León Felipe, Germán Arciniegas, Pedro Henríquez Ureña, Samuel Ramos, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Roberto Fernández Retamar, Carlos Fuentes, Ángel Rama, Ernesto Cardenal, Luis Cardoza y Aragón.


Colecciones de Cuadernos Americanos son resguardadas en bibliotecas de distintas partes del mundo, como la del Congreso, en Washington D.C., la del Museo Británico y en universidades públicas y privadas.
Cuadernos Americanos, que fue también una especie de editorial, publicó en 1949 la primera edición de El laberinto de la soledad, obra emblemática de Octavio Paz.
“Recientemente, con motivo del Bicentenario de la Independencia de México, publicamos un libro de la historiadora española María de las Nieves Pinillos sobre Francisco Xavier Mina, titulado Xavier Mina: guerrillero e insurgente, que muestra esa ligazón, tanto en el pensamiento como en la vida política, entre próceres de España y América Latina, y que representa eso que en buena medida es Cuadernos Americanos”, comenta Santana.
Objeto de tesis y fuente de información para investigadores, Cuadernos Americanos es, por su formato y número de páginas (entre 210 y 240, en promedio), una revista-libro que se vende básicamente sólo por suscripción.
Los números más recientes de esta revista pueden consultarse en http://www.cialc.unam.mx/cuadamer/cuadernosamericanosnew.html.

Fuente: eluniversal.com.mx/Fernando Guzmán Aguilar

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Entrevista a Bruno Bettleheim

Recuerdo de Bruno Bettelheim / Catherine Dreyfus

©Corbis / Bruno Bettleheim

Contemporáneo estricto de un ensayista y pensador tan rico como Elias Canetti, el destacado psicólogo y analista cultural Bruno Bettelheim nació en Viena en 1903, y ha sido testigo fundamental de un momento de gran esplendor en la ciencia y literatura centroeuropeas. De antemano, fue un notable estudioso de temas estéticos, disciplina en la que se doctoró, antes de ser instruido en el psicoanálisis por un discípulo de Sigmund Freud. Su experiencia psicológica y vital se vio interrumpida por los desastres políticos del siglo XX. Tras la anexión austriaca, Bettelheim fue recluido durante un año en los campos de Dachau y Buchenwald, una experiencia sobre la que va a reflexionar de forma excepcional, como Primo Levi o como Jean Améry. Tras su liberación temprana, al ser por fortuna reclamado, redactó un primer escrito importante, en 1943, sobre el comportamiento individual y colectivo en situaciones límite (en Journal of Abnormal and Social Psychology, 38, 1943), aunque su reflexión sobre las técnicas de degradación humana hasta sus extremos más informes se halla en otros libros como El corazón bien informado (1960; FCE, 1973); Sobrevivir, el holocausto una generación después (1952, Crítica, 1982). Se quitó la vida, ya anciano, en Los Ángeles en 1990, como lo hicieron esos otros dos deportados. Bettelheim logró emigrar a los Estados Unidos pronto. Allí inició una carrera distinta, independiente en parte de la anterior. Se dedicó durante unos treinta años al tratamiento de enfermedades mentales de la niñez, en la Escuela Ortogénica Sonia Shankman, dependiente de la Universidad de Chicago, de la que fue profesor. Él reorganizó totalmente en 1944 esa escuela dedicada al mundo infantil gravemente perturbado; y, de hecho, la dirigió hasta su jubilación, en 1973. Bettelheim —que también ha estudiado el mundo infantil en los kibbutz de Israel—, realizó una labor pionera en el tratamiento de los niños autistas, de esos seres “incapaces de interacción con el mundo” que renuncian a hablar y permanecen aislados de todo contacto afectivo con el exterior, encerrados en un universo secreto. Hasta ser conocidas sus investigaciones se les consideraba incurables, pero él logró devolver a muchos de ellos a la vida ordinaria, poniendo en marcha un pensamiento optimista, atento a lo particular, paciente, respetuoso, como lo demuestra su libro más conocido La fortaleza vacía. El autismo infantil y el nacimiento del yo (1967; Paidós, 2001). Véase también, entre otros, Con el amor no basta (1950; Hogar del libro, 1983), Fugitivos de la vida (1955; Crítica, 1975). Ha escrito además un texto polémico, invirtiendo (o completando o perturbando) el concepto freudiano de envidia del pene: Heridas simbólicas. Los ritos de pubertad y el macho envidioso (1954; Barral, 1974). En muy diversos trabajos suyos prevalece una interpretación a la vez original en sus argumentos y clásica en el fondo dentro del primer psicoanálisis: Diálogos con las madres de niños normales (Barral, 1973). Lo mismo sucede en un libro sobre la importancia de los relatos clásicos, más o menos provenientes del folklore, Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1975; Crítica, 2005), que va desde la Biblia y las Mil y una noches hasta, especialmente, las narraciones de los hermanos Grimm. Pero nunca estuvo ausente el mundo cultural de su juventud, pues cinco años antes de su muerte, en 1985, escribió “La Viena de Freud” para la exposición parisina Vienne, l‘apocalypse joyeuse, 1880-1938, que se recogió entre los importantes artículos recopilados al final de su vida: El peso de una vida (1989; Crítica, 1991).

Fuente: http://www.slideshare.net/eduardocarbonellcruz/

ENTREVISTA

-¿Qué le dio la idea de hacer un libro sobre los cuentos de hadas?

-En realidad, éste debió ser el primer capítulo de una obra que aconsejara a los padres sobre la manera de educar a sus niños y donde yo quise mostrar mi experiencia adquirida en treinta años en la Escuela Ontogénica de Chicago, con los niños autísticos, pero me apasioné tanto por lo que descubría leyendo los cuentos de hadas que finalmente escribí ese volumen: Psicoanálisis de los cuentos de hadas.

-¿Releyó Ud. todos los cuentos de hadas?

-¡Eso es imposible por la cantidad que hay! Hacia 1920, los alemanes comenzaron a reunir en una sola colección todos los cuentos del mundo entero, limitándose a un volumen por cultura, con el propósito de restringirse un poco. Actualmente van en el volumen 741. Una investigadora, Marian Cox, ha reunido ella sola 324 versiones de La Cenicienta.

-Difieren mucho esos cuentos de una cultura y de una versión a otra?

-Se encuentran siempre los mismos temas y esto es lo que traté de investigar: ¿por qué los mismos temas y qué aportan estos de esencial al desarrollo de un espíritu joven?

-¿Piensa que para desarrollarse bien un niño necesita la fantasía, lo irreal? ¿Y cómo ya no se cuentan tantos cuentos de hadas a los niños?

-Es cierto. ¡Pero en ningún caso es porque los cuentos de hadas son irreales! Es justamente lo inverso: presentan a los niños, por el contrario, la realidad tal cual es. El amor mezclado con el odio, la angustia, el sufrimiento, el miedo a ser abandonado, la vejez, la muerte: el mundo en que vivimos y que muy a menudo tratamos de ocultar a los niños. ¡Como si ellos no estuvieran en él!

-Pero ¿no hay en los cuentos de hadas muchos niños que son abandonados, que se pierden porque sus padres los han dejado solos a propósito o que son echados de sus casas?

-¡Ser abandonados por sus padres es el temor más grande de todos los niños! ¡Los padres se van a morir! ¡Los padres se van a divorciar! Los cuentos de hadas toman muy en serio las angustias de los niños. No debemos olvidar que fueron inventados principalmente en una época en la que muchas mujeres morían de parto y muchos niños quedaban huérfanos e incluso eran abandonados. Hoy en día los padres se separan y el temor sigue siendo muy grande. Los cuentos de hadas no dicen ¡Eso no es nada! Los cuentos de hadas dicen: ¡Es terrible! ¡Es sumamente terrible! ¡Pero no desesperes! ¡En el mundo todos deben afrontar las dificultades y, curiosamente, no sólo saldrás de ellas sino que llegarás incluso a ser superior a tus padres cuando crees que no puedes vivir sin ellos!

-¿Incitan los cuentos de hadas al niño a explorar el mundo exterior?

-Lo ayudan, sobre todo, a explorar el mundo de la realidad interior, con el fin de permitirle salvar los obstáculos difíciles que él va a encontrar en el camino de su desarrollo y de su madurez. No sólo es necesario que él aprenda a arreglárselas sin depender totalmente de sus padres, sino que tendrá también que atravesar el espinoso camino del período edipiano, superar y soportar las rivalidades fraternales tan duras durante la infancia, descubrir y aceptar como normal sentirse sucio, desordenado, perezoso, más débil, más insignificante, más violento y lleno de malos pensamientos que los que lo rodean, eso cree él. Porque si bien el niño ama a sus padres con una intensidad increíble ¡al mismo tiempo los detesta! Esto es lo que los cuentos saben responder. El cuento le permite vivir su ambivalencia bajo forma de ficción. Y cuando son sus padres quienes los cuentan (lo que es muy importante), él tiene la impresión de que aprueban sus pensamientos más íntimos y más indecibles, esos por los que él preferiría hacerse cortar en pedazos antes que confesarlos… Esto es lo que lo va a ayudar a tener confianza en la vida, él debe primero tener confianza en sí mismo. Además, los cuentos de hadas son obras de arte, si no no agradarían al niño. Simplemente entreteniéndolo y seduciéndolo, éstos revelan verdades esenciales sobre la especie humana y sobre sí mismo.

-¿Usted cree que los cuentos de hadas pueden hacer todo eso?

-No me gusta la denominación “cuentos de hadas”, un poco limitante y da una idea falsa. En muchos de estos cuentos no hay hadas ni ese ser sobrenatural obligatorio que implica la palabra “hada”. En muchos cuentos de hadas hay más bien animales o viejos muy sabios. Yo prefiero la denominación de Rudyard Kipling “historias simples” o la denominación de “cuento popular” que se usa en la mayoría de los otros idiomas. De hecho, en su origen, un cuento de hadas es una historia contada por cualquier persona a cualquier persona.

-¿Y qué pasa con los cuentos mitológicos?

-Hay una diferencia entre los cuentos mitológicos, las fábulas y los cuentos de hadas, si bien en un principio el origen haya sido el mismo. El objetivo del cuento de hadas es dar confianza (tiene un desenlace feliz) con una solución aceptable, mientras que el cuento mitológico tiene un final trágico. Y además, el cuento mitológico se refiere a acontecimientos que no pueden aplicarse ni a Ud. ni a mí, con héroes que viven en un universo de superhombres, como Hércules o Ulises. Ahora bien, el niño es tan inseguro que necesita que le den confianza en este mundo, en el que debe vivir, y no en un mundo mitológico en el que el héroe es, o llega a ser, un semidiós.
-Pero ¿no comienzan siempre los cuentos de hadas con “érase una vez, en un país muy lejano?”

-Uno de los objetivos de los cuentos de hadas es dar confianza, y una similitud muy grande con lo que vive el niño sólo lo inquietaría más, en lugar de tranquilizarlo. Es por eso que el cuento de hadas deja entender desde el comienzo de la intriga que no nos habla de hechos tangibles, de personas y lugares reales. Esta imprecisión hecha a propósito indica que dejamos el mundo concreto y de la realidad cotidiana. Los viejos castillos, las cavernas profundas, los cuartos cerrados en los que está prohibido entrar y los bosques impenetrables sugieren que se nos va a revelar una cosa que, normalmente, está oculta… La lógica y la causalidad se dejan de lado. En un período arcaico de nuestra existencia, pensábamos que todos nuestros deseos podían ser satisfechos y que el sol se interesaba en primer lugar en nosotros. Así, la historia no se sitúa en el espacio y en el tiempo sino en la “realidad interior del niño”. Luego, y finalmente, cuando se hayan solucionado los problemas, cuando el niño haya tomado conciencia de su propio poder de dominar una situación y de llevar a un feliz desenlace todo lo que pasa en él, entonces el niño volverá a las cosas de la realidad cotidiana que, de ahora en adelante, le darán menos miedo. El final de los cuentos siempre está perfectamente situado en lo cotidiano y el mundo familiar.

-¿Y la diferencia entre el cuento de hadas y la fábula?

-La fábula es algo que pone en guardia. Es moralizadora y, en lugar de darle confianza en sí mismo a alguien que está inseguro, le dice, por el contrario: “Desconfía de todos y sobre todo de ti mismo”, lo que es precisamente lo inverso del fin que se persigue. Veamos “La Cigarra y la Hormiga”, de La Fontaine, que tiene un objetivo muy moralista. Es muy amenazante para un niño: la hormiga no siente ninguna simpatía por la cigarra, a ella le da lo mismo y la dejará morir de frío durante el invierno. El niño que quisiera cantar, bailar, jugar todo el día sin pensar en el invierno, se siente mucho más cerca de la cigarra que de la hormiga. El juego, la alegría, sin pensar en el porvenir, son naturales en el niño, Ahora bien, esta fábula le dice que todo lo que le parece natural hacer, será terriblemente castigado. En “El zorro y el cuervo”, este último no hace más que responder inconcientemente a los cumplidos que le hace el zorro ( y, frecuentemente, se celebra a los niños incitándolos a mostrar lo que saben hacer: cantar, bailar, recitar…). Enseguida, como recompensa por su confianza e ingenuidad (y todos los niños son ingenuos y confiados por naturaleza), el cuervo pierde su queso. Es una terrible voz de alerta que no incita a los niños a ir hacia un mundo que ya les da miedo y, según mi opinión, esto no es lo que más necesitan. Esta es la razón por la que me gustaría separar las fábulas moralizadoras de los cuentos de hadas.

Cenicienta y hada

-¿Quiere decir esto que el cuento de hadas aconseja a los niños llevar una vida fácil, abandonándose a su naturaleza?

De ninguna manera. El cuento de hadas dice, por el contrario, que es necesario trabajar y que no se obtiene nada sin iniciativa y sin perseverancia en el esfuerzo. Vea “Blanca Nieves”: es ella la que mantiene limpia y ordenada la casa de los siete enanos. Cenicienta, es ella la que trabaja, mientras que sus hermanas, por el contrario pasan todo el año frente al espejo y no hacen nada. El cuento no se contenta con decir que las cosas que hoy le parecen tan terribles van a cambiar favorablemente para él y que va a triunfar. El cuento le dice que para llegar a eso es necesario hacer algo positivo, constructivo y socialmente útil.
-¿Puede el niño muy pequeño comprender este mensaje?

-Lo que encuentro admirable en los cuentos de hadas es que toman al niño tal cual es, en su nivel de edad y en su etapa actual y que, mediante una evolución muy lenta, lo llevan a una etapa de madurez superior, permitiendo con esto la integración progresiva de su personalidad. En el cuento todo está implícito, de manera que el niño pueda sacar lo que necesita, —y esto a su vez, está en trozos muy pequeños— a medida que va creciendo. Esta es la razón por la que los niños leen y releen los mismos cuentos, año tras año. Cada vez ellos encuentran algo nuevo, alguna cosa que va más lejos, a medida que están en edad de captarla, de comprenderla y aprovecharla.

-¿Quiere darnos un ejemplo?

-Tomemos La Cenicienta. En la versión de los Grimm, porque la de Perrault me parece mucho más limitante. ¡En Francia, Perrault es un tema delicado! El tuvo, es verdad, el gran mérito de transcribir los cuentos que estaban aún en la tradición oral. Pero yo creo que un cuento no tiene efecto total hasta que es contado. Porque mientras lo cuenta, uno puede seguir lo que pasa por la cara del niño, suprimir o acortar si él se inquieta, exagerar algo si, por el contrario, él rebosa de alegría, dándole más importancia al detalle, prolongando la parte en la que él se ve más interesado. Y Perrault, un cortesano que se dirigía a los adultos y que, por sobre todas las cosas, no quería lastimar a nadie, a menudo suavizaba la historia, la moralizaba y le ponía límites que no estaban en la versión original, cosa que no hacían los Grimm, que habían escrito muchos cuentos infantiles. Gimm me parece mucho más fiel a la versión original. Pues bien, Cenicienta, dedicado a los niños más pequeños, comienza por decirles lo que más les preocupa en ese momento. Todos los niños, cualquiera que sean, se sienten desprotegidos, maltratados y es esa la edad en la que los hermanos y hermanas mayores les parecen mucho más eficaces e inteligentes que ellos… Cenicienta les dice: “No temas nada. Hoy estás sentada al lado del fogón (que por lo demás, es el símbolo de la madre, de su regazo), tú estás en las cenizas, pero un día serás más que los que tanto admiras y envidias hoy. ¡Tú los aventajarás!

Es cierto que muchos cuentos tienen por héroe al benjamín o al miembro más insignificante de la familia… O incluso al retardado, a quien llaman “simple”, al que le cuesta pensar y tiene dificultades para hacer las cosas tan bien y tan rápido como los otros. Esto no impide que sea él quien finalmente triunfe. Se debe tener presente que el niño atormentado por la rivalidad fraterna se siente no sólo rechazado por sus hermanos y hermanas sino también inferior: ¡los adultos lo hacen sentirse disminuidos y se burlan de él! Esta es la razón por la que él se identifica tan facilmente con un prófugo de la justicia. Podemos darnos cuenta de la fuerza de su frustración en la terrible cólera que lo atormenta. Asimismo, la suerte de Cenicienta, destinada a andar siempre andrajosa y a hacer trabajos más duros, no tiene el fin de sorprender al niño. Ya sea niño o niña (puesto que en la infancia los dos sexos se identifican mutuamente) el pequeño se reconoce fácilmente en ella: ¡Cenicienta soy yo! ¡Así es como ellos me maltratan o querrían maltratarme! ¡Y ésta es la pobre opinión que tienen de mí! Este es el primer mensaje del cuento que captan los niños: “no, tú no eres el único que tiene que soportar una suerte que te parece tan terrible. Mira a la Cenicienta, es la más insignificante, la más maltratada de la casa y, finalmente, será superior a todos los demás. Tú también vas a salir de eso…”

-Y más tarde, cuando ellos crezcan, ¿qué les aportará La Cenicienta?

-Debemos saber que los niños, a partir de cierta edad, sienten un cariño especial por la madre y las niñas por el padre y, al mismo tiempo, se sienten culpables del deseo de eliminar, entonces, al progenitor de su mismo sexo, de reemplazarlo. Cenicienta amaba a su padre, él amaba a su hija. Ahora bien, después de la muerte de su madre, ella cree que será desplazada de su corazón por la llegada de su nueva esposa, la madrastra, y de sus dos hijas. Es un triste destino.

-¿Y cuál es la enseñanza de La Cenicienta?

-Cenicienta era huérfana. En esa época muchos niños lo eran y hoy en día los padres están separados y el cuento dice a los niños: “si conservan la imagen de su padre o de su madre desaparecidos, esta imagen interior no los abandonará jamás y los ayudará toda la vida. Lo que simbólicamente está expresado por la realización de los deseos de Cenicienta, que pensaba que su madre era muy bella y buena y había conservado su imagen en su corazón, cultivándola con su recuerdo y sus oraciones.
Con esta imagen de la madre crece al mismo tiempo que ella y llega a ser todopoderosa. Es una manera de decir: las imágenes que llevan en su corazón de madre o de otras personas queridas las conducirán a la perfección, al triunfo, al amor, porque esto nadie se los puede quitar. Ni la madrastra ni las malvadas hermanas pueden arrancarle a Cenicienta lo que ella ha construído en ella misma. Todo está allí. Y, más tarde, Cenicienta no conquista al príncipe por sus vestidos sino por lo que ella realmente es. Así la quiere el príncipe, por lo que verdaderamente es y cuando le reconocen su verdadero valor.

-¿No es terrible para los niños ver esos personajes que matan en los cuentos, esos que son arrojados a fosas llenas de serpientes, que son devorados por dragones o por lobos?

-Debemos tener presente que, en los cuentos de hadas, la muerte jamás es real. Esta es simbólica: la muerte en vida. Las hermanas de la Cenicienta tienen los ojos sin vida al final del cuento, lo que significa que por haber preferido los hermosos vestidos al trabajo escrupuloso y a la virtud interior, ellas no vivirán en la realidad del corazón y no llegarán a triunfar en el amor. Sólo el amor, el Príncipe Encantado, puede despertar a la Bella Durmiente cuando ya ha pasado un tiempo, en el que ella ha dejado de amar a su padre y está finalmente madura para el amor adulto. La Caperucita Roja y su abuela salen vivas del vientre del lobo: para ellas la muerte era sólo una manera de decir que ellas habían cometido un error. La Caperucita Roja, al escuchar muy pronta la conversación del “lobo” (el seductor) y la abuela al abrir muy fácilmente la puerta al lobo, sin saber defenderse ni defender a su nieta de sus manipuleos. Más tarde ellas tendrán la sabiduría de las que han nacido dos veces, de los que “renacen” después de una crisis existencial en la que se han dado cuenta que ha sido su propia naturaleza la que los ha hundido en la crisis.

-¿Hay entonces sexualidad en los cuentos de hadas?

-En cierta forma, los cuentos de hadas son para el niño una manera ideal de iniciarse en la sexualidad, de acuerdo con las posibilidades de su edad y con la capacidad de comprensión a medida que se evoluciona. Toda educación sexual más o menos directa y realista, incluso si ésta se expresa en un lenguaje infantil y en términos que el niño puede comprender, no le deja ninguna posibilidad de elección: el niño debe aceptarla, aunque no esté preparado para recibirla y corra el riesgo de inquietarse y complicarse con esto. Actualmente se reconoce, en efecto, que uno de los grandes defectos de la educación sexual es que ésta no toma en cuenta los diferentes grados de maduración de los niños sino sólo su edad. Además, los cuentos toman en cuenta el hecho de que los padres pueden estar errados en cuanto a la sexualidad: hay padres demasiado encariñados con su hija, madres demasiado ávidas de conservar a sus hijos para sí, pero también hay padres tentadores. Los que le dan al niño la llave de la decimotercera puerta sólo con el objeto de ponerlo en guardia diciéndole: “No la abras”. El cuento Barba Azul, por ejemplo, le dice, entonces, a los padres y a los hijos: no tienten a los niños, porque éstos no tienen todavía los medios para resistir y esto puede se nocivo para ellos… A la inversa, las mujeres de edad son las que, en la realidad, frecuentemente le inculcan al niño el miedo a las cosas sexuales. Generalmente, las mujeres son las responsables de los primeros tabúes sexuales y de todos los problemas que de esto se desprenden. De aquí nace el personaje, siempre femenino, de la bruja. Además, examinando bien los cuentos, uno se percata que es principalmente la mujer, la joven, la que debe cambiar su actitud frente a la sexualidad: de hecho, es ella quien debe dejar de huir, como Cenicienta que huye tres veces del Príncipe. Se comprende que sólo se puede llegar a ser una persona humana completa, que aproveche todas las posibilidades, si es capaz de ser uno mismo con otra persona y de ser feliz. Y que la felicidad conyugal exige la felicidad sexual. La Bella no debe separarse de la Bestia, el espíritu del cuerpo.

-¿Por qué las historias que actualmente se escriben para los niños evitan cuidadosamente hablar de estos problemas?

Es una de las actitudes extrañas de nuestra era llamada “brillante”. Por un lado, se dice que se desea introducir a los niños lo más rápido posible en la realidad y, al mismo tiempo, se les quita toda realidad a las historias que se les presentan.

-¿Acaso los padres tienen miedo de enfrentarse con la realidad?

-Muchos cuentos infantiles comienzan así: “Un padre ya viejo se siente fatigado y comienza a preguntarse cómo va a poder dividir su reino entre sus hijos y cómo va a poder compartir su poder. Enseguida uno se encuentra enfrentado a problemas de sucesión de generaciones, de la enfermedad, de la vejez, de la debilidad que la acompaña y de la muerte. Son cosas muy importantes para los niños, problemas a los cuáles ellos pueden enfrentarse. Pero lo más importante es que, en el fondo de su corazón, todo niño desea secretamente reemplazar a sus padres y él se siente terriblemente culpable de pensar una cosa así. Ahora bien, ¿qué dice el cuento de hadas? Que es el curso natural de la vida, que así es como tiene que suceder y que lo que él siente no tiene nada de anormal o de malo. Esto lo tranquiliza enormemente, sobre todo si son sus mismos padres quienes le cuentan la historia.

-Usted dice que el cuento infantil le ayuda al niño a desarrollarse y a alcanzar la etapa de madurez. Ahora bien, puesto que nosotros somos aún de una generación alimentada con cuentos de hadas, ¿cómo se explica que tanta gente tenga problemas consigo mismos y con sus hijos?

-He podido constatar que, por no haber creído en lo mágico en un cierto período de su vida, por no haber tenido bastantes sueños, fantasías y por no sentirse relacionado con lo imaginario a una edad en que esto es beneficioso, muchos adolescentes o adultos son incapaces de afrontar los rigores de la vida adulta. Muchos jóvenes de esta época buscan de pronto la evasión en los sueños procurados por la droga, se inician en todo tipo de prácticas, se entregan a la “magia negra”, satanismo, etc. Todas éstas son formas de huir de la realidad soñando despierto. Los jóvenes obligados prematuramente a conocer la realidad de una manera adulta, sin haber antes tenido la posibilidad de convencerse poco a poco y justamente a través del sueño de que la vida debe tomarse de una manera realista, tendrán una adaptación mucho más difícil. A veces, incluso algunos jóvenes no consiguen jamás adaptarse al medio y continúan indefinidamente refugiándose en este “mundo imaginario” que les faltó en el momento en que necesitaban y al que iban a poder recurrir para responder a las interrogantes fundamentales de la existencia: ¿Qué es realmente el mundo? ¿Cómo voy a vivir en él? ¿Qué hacer para ser realmente yo mismo? Las mismas preguntas que saben y pueden responder los cuentos de hadas.

Fuente: http://www.slideshare.net/eduardocarbonellcruz/

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Góngora en la Biblioteca Nacional de España

“Aquél que tiene de escribir la llave”. Ése es Góngora para Cervantes. El poeta cordobés, respetado por sus coetáneos, imitado y venerado durante siglos en Europa y América, sigue vivo cuatro siglos y medio después de su nacimiento y su influencia no se limita al ámbito de las letras hispánicas. El eminente crítico neoyorquino Harold Bloom sentenció hace tres meses: “El gran poeta español es Góngora”.


Es muy complicado, pues, aprisionar el vasto universo gongorino entre unas cuantas paredes es muy complicado. Pero Acción Cultural Española se ha atrevido a hacerlo, con la colaboración con el Ayuntamiento y la Universidad de Córdoba. El resultado es Góngora: la estrella inextinguible. Magnitud estética y universo contemporáneo, la primera exposición dedicada por completo a la figura del poeta, que estará abierta al público hasta el 19 de agosto en la Biblioteca Nacional. La exposición cuenta con 200 piezas, entre las que hay manuscritos, libros, revistas, esculturas, cuadros, dibujos, grabados, cartas, partituras e incluso instrumentos musicales.

Un Góngora “guasón”

Pero lo más llamativo de la muestra no está entre los contenidos expuestos. Se trata de un descubrimiento hecho por la hispanista Amelia de Paz durante la preparación de la exposición: un texto autógrafo de Góngora desconocido hasta la fecha. El documento, encontrado en el Archivo Histórico Nacional de Córdoba, nos revela a un Góngora “simpático y guasón”, asegura la estudiosa, alejado del autor severo y serio al que estamos acostumbrados. No tan simpático debió parecerle al inquisidor de Córdoba, Alonso Jiménez de Reynoso, pues en el texto el poeta le acusa, con bastante retranca, de mantener relaciones sexuales con Doña María de Lara. Los últimos textos autógrafos de Góngora que se conocen fueron descubiertos en el siglo XIX, salvo un par de líneas añadidas a una carta que fueron reveladas por Dámaso Alonso en 1927, durante el tricentenario de su muerte. La acusación de Góngora al inquisidor consta de diez páginas y han sido editadas por Acción Cultural Española en versión facsímil, con transcripción de Amelia de Paz. A continuación reproducimos un fragmento:

“Ýtem, e oýdo deçir a Áluaro de Vargas, paje que fue del dicho ynquisidor, como la dicha doña María era su amiga y entraba y salía en su casa muy de hordinario, y la tenía veinte y treinta días en un aposento alto que llaman de la Torre, donde la entraban por una escalera falsa que está en la principal, que sube a su quarto, y para tener correspondençia a su aposento hiço romper a costa del Rey la muralla de nueue pies en ancho, y el dicho Vargas la bio abrir y trabajar en ella como agora se puede ber por vista de ojos; y que quando el dicho ynquisidor dormía con la susodicha doña María lo echaba él de ver en quatro y seis camisas que había él mudado la noche y estaban tendidas a la mañana en el terrado para enjugallas del sudor, donde hallaba en las delanteras de las dichas camisas las inmundiçias y suçiedades hordinarias de semejantes actos, como lo dirá el dicho Áluaro de Vargas”.

Un recorrido por la exposición

El primer bloque de la muestra dibuja el contexto del poeta. El comisario Joaquín Roses explica de qué fuentes bebía Góngora: “Destacan entre sus influencias tres tradiciones: la latina –Ovidio, Virgilio–, la toscana –poesía petrarquista– y la castellana –Juan de Mena, Garcilaso de la Vega, Fernando de Herrera…–”. Destaca en este bloque de la exposición el célebre manuscrito Chacón, una “joya de la caligrafía” en tres volúmenes que imita la tipografía impresa y supone una recopilación cronológica y minuciosa de las obras del autor, algo muy raro para la época.
En la misma estancia se exhibe la efigie más conocida de Góngora: el retrato que un joven Velázquez le hizo en 1622, cuando el poeta contaba 61 años, procedente del Museo de Bellas Artes de Boston (se conservan otras dos copias en el Museo del Prado y el Lázaro Galdiano de Madrid).
El segundo bloque de la exposición muestra el éxito que tuvo Góngora entre sus contemporáneos, tanto en Europa como en América. En las vitrinas de esta sala se exponen ediciones de la obra del cordobés impresas en diversas ciudades, como Lisboa y Bruselas, y no pocos manuscritos e impresos que reflejan la “polémica gongorina”, que enfrentó durante muchos años a detractores y defensores del autor de Soledades a raíz de la profunda renovación estética que proponía su poesía.
Los mitos clásicos fueron un tema central en la poesía gongorina, entre los que destacan el de Píramo y Tisbe*, el de Polifemo y Galatea, el de Angélica y Medoro y el de Ganimedes. El tercer bloque acerca al visitante a este rico imaginario a través de cuadros de autores como Gergorio Pagani, Piere Claude Gautherot y Claude-François Delorme, así como una estatua romana que representa el rapto de Ganimedes y data del siglo II. También la música, la caza y el ambiente bucólico fueron temas recurrentes de Góngora, que se ilustran con cuadros como la Escena pastoril del holandés Adriaen van de Velde o la colección de instrumentos de la época procedentes del Museo de la Música de Barcelona, entre los que se encuentran un archilaúd —lo más parecido a la tiorba, un instrumento muy citado por Góngora que constaba de dos mástiles—, una guitarra, un cistre y un salterio.
El último bloque de la exposición muestra la influencia de Góngora en el siglo XX, sobre todo en los miembros de la generación del 27, que resucitaron su poesía. Se muestran textos manuscritos muy importantes como La imagen poética de Góngora, de Lorca; Góngora y el Gongorismo, de Cernuda; o Soledad tercera, de Alberti, complementados por los retratos que Gregorio Prieto hizo de estos autores, un busto en bronce de Góngora, obra de Mateo Inurria, y obras como Tricuatropatas, de Luis Gordillo, y Las lágrimas de Narciso, de Guillermo Pérez Villalta. También se muestran los Veinte poemas de Góngora ilustrados por Picasso y primeras ediciones de autores latinoamericanos muy influidos por el poeta barroco, como Dámaso Alonso, Borges y Octavio Paz. Junto a ellos, una cita de Lezama Lima, otro gongorino americano: “Sólo lo difícil es estimulante”, una frase que resume el espíritu de Góngora, muy apropiada en un tiempo en el que “casi todo se hace de cualquier manera”, se lamenta el comisario.

Fuente:  http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/

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